En las dos grandes revoluciones socialistas del silo XX, el objetivo de que el traspaso de los medios de producción de los capitalistas al Estado no sólo eliminaría la explotación sino que conduciría a una profunda transformación de las relaciones sociales, no se logró. En su lugar, se creó una nueva pirámide social en la que los burócratas del partido reemplazaron a los capitalistas. Su enriquecimiento y acumulación de privilegios fueron alejándolos de los trabajadores, generando el descontento y minando paulatinamente su fe en la revolución, hasta concluir en la restauración capitalista, con la consiguiente frustración para las grandes masas del mundo que viven aún sometidas a una salvaje explotación.
El fascismo italiano y el nazismo también fueron “ismos” que pretendieron transformar la realidad social. Aunque sus objetivos comunes eran los de impedir el avance del “comunismo”, tenían la ambición de lograr una mejora general de las condiciones sociales de todos los sectores, con un predominio del gran capital, pero con un Estado fuerte que impidiera excesos en la acumulación de las ganancias.
¿Existe un denominador común entre “ismos” tan opuestos? La hipótesis de este artículo es que el facilismo caracteriza la esencia de estos sistemas.
Todos ellos partieron de la premisa de la urgencia, es decir, era necesario cambiar la estructura social ya, la gravedad de la situación no admitía demoras. Las tremendas complejidades de una sociedad, cualquiera sea ella, no pueden ser explicitadas como la fuerza impulsora que movilice intensamente a las masas, que serían las supuestas beneficiarias de la transformación. Por el contrario, lo que se necesita es un relato que simplifique las contradicciones, permita su fácil comprensión, genere adhesiones entusiastas y la firme convicción en el logro del objetivo.
La dictadura del proletariado como paso previo necesario para lograr la sociedad sin clases, por un lado, y el Estado autoritario como representante del pueblo unido contra los enemigos de afuera y adentro, por el otro, fueron los dos relatos simplistas que condujeron a las tomas del poder en Rusia y China, por un lado y a Italia y Alemania, por el otro.
Inicialmente, lograron una fuerte transformación pero, al mismo tiempo, el relato facilista había creado una contradicción que al final sería fatal: el exitismo aislador de los dirigentes frente a las expectativas pasivas de las masas. Los dirigentes necesitaban la confianza y adhesión de las masas para luchar contra sus enemigos y éstas, al hacerlo, quedaban paulatinamente aisladas y sin posibilidades de aumentar su nivel de conciencia política para entender las complejidades de la situación y participar activamente en el proceso transformador.
Es cierto que en este aspecto hubo marcadas diferencias entre las revoluciones rusa y china y las dictaduras fascista y nazi. La primera revolución intentó incentivar la participación de las masas a través de los soviets, pero finalmente se impuso el relato simplista y todo el poder quedó en manos de un solo hombre; en la segunda, el intento de Mao de profundizar la lucha contra las desviaciones burguesas ̶ luego del gran fracaso en el que terminó la política económica llamada “el gran salto adelante”, que condujo el desplazamiento de Mao de la máxima conducción ̶ terminó en una guerra civil disimulada bajo el título de “Revolución Cultural”, antesala del giro hacia el “Capitalismo de Estado” actual.
En resumen, los “ismos” siempre han constituido un corset dogmático para el desarrollo permanente de las transformaciones sociales.
La mención del fascismo y el nazismo fue simplemente utilizada para enfatizar lo que tienen en común todos los “ismos”, pero no porque se los considere sistemas que puedan producir transformaciones sociales que conduzcan hacia la libertad e igualdad entre los seres humanos.
El socialismo, interpretado como el paso previo hacia el comunismo ̶ no como una versión parlamentaria más del sistema capitalista ̶ es, indudablemente, el único que tiene la intención de lograr los objetivos mencionados en el párrafo previo. Por ese motivo, si se desechara como instrumento inicial la toma del poder por la fuerza a través de un relato facilista movilizador, sería necesario analizar profundamente todas las contradicciones existentes en una sociedad y, al mismo tiempo, tener presentes las urgencias y la capacidad movilizadora de las masas. La relación entre las urgencias de las masas explotadas y la necesidad de la elevación de su nivel de conciencia política, constituye la contradicción fundamental y su resolución, aunque sea muy difícil, es indispensable para avanzar en un proceso de transformación permanente.
El facilismo como interpretación de los “ismos” pertenece, a su vez, a la misma categoría y, por lo tanto, constituye una simplificación que no abarca la tremenda complejidad que requeriría un análisis profundo de la explicación de los fracasos de todos los “ismos”. Simplemente, fue usado para poner de manifiesto esta conclusión: “caminante no hay camino, se hace camino al andar”.
Esta frase del gran Machado aplicada a este tema quiere decir que no existe una resolución preexistente a la contradicción entre las urgencias y la elevación de la conciencia. La enorme cantidad de luchas sectoriales contra las injusticias generadas por el actual sistema capitalista globalizado, produce en sus participantes una toma de conciencia de sus derechos y las causas de su avasallamiento y, en la medida en que todas estas luchas reconozcan al sistema vigente como el principal responsable, y no sólo a los representantes de turno del poder que tengan enfrente, podrían confluir hacia una lucha generalizada que provocara la adhesión de un número creciente de personas en todo el mundo. Esta elevación del nivel de conciencia política es el único reaseguro contra la burocratización de los dirigentes porque implica una firma vocación participativa de sus dirigidos.
Se podría, entonces, reformular la frase de Machado:
“EXPLOTADOS DEL MUNDO NO HAY CAMINO, SE HACE CAMINO AL LUCHAR”