La historia de las civilizaciones muestra siempre la existencia de una clase gobernante y una masa de pobladores que constituyen la base de la pirámide social. No hay excepciones, donde aparece un excedente de riqueza capaz de ser acumulado, surge un conjunto de miembros de la sociedad que se apropia de ella y lo usa para ejercer el poder sobre el resto. La imagen de la pirámide tiene la virtud de mostrar la cohesión que debe existir para que pueda sostenerse. La base es mayoritaria y el número de miembros va disminuyendo hasta concluir en la cúspide, antiguamente el emperador o el rey, hoy en día el presidente, (aunque en realidad habría que hablar de pirámide trunca porque nunca el máximo poder está en un solo hombre sino más bien en un conjunto de personas que constituye el grupo hegemónico dentro de las clases dominantes). El tema de la cohesión es particularmente interesante, porque, al revés de la pirámide de piedra, en las sociedades la cohesión está constituida por algo abstracto, un intangible de extraordinaria eficacia que logra que la enorme mayoría de la población acepte que esa forma de organización social es la más adecuada: la hegemonía.
En “La dialéctica del amo y el esclavo”, Hegel afirmaba que el amo existe en tanto el esclavo lo considere el amo, es decir, que tiene el derecho de esclavizarlo. En cuanto ese convencimiento desaparezca, el “amo” podrá seguir esclavizándolo por la fuerza hasta un cierto momento, pero ya dejará de ser el “amo” para transformarse en otra cosa, en alguien que todavía tiene la fuerza para someterlo, pero que ya ha perdido el derecho de hacerlo. En las sociedades actuales, las que pueden recibir el nombre genérico de “democracias electorales”, la mayoría de sus miembros tiene el convencimiento de que los gobernantes tienen el derecho a gobernar porque son sus representantes elegidos en elecciones libres y transparentes. Es decir, aceptan que los gobernantes tienen el derecho de tomar las medidas que consideren más convenientes, porque el sistema así lo establece, el pueblo gobierna a través de sus representantes, aunque el gobernante haya mentido alevosamente para conseguir el triunfo electoral. Además, aunque se proteste, los gobernantes tienen el derecho de mantener sus decisiones e, inclusive, sostenerlas mediante el uso de la fuerza, porque el sistema lo permite. Esa es la hegemonía, el convencimiento de la gran mayoría de los habitantes de que el sistema de partidos políticos que compiten en elecciones periódicas para decidir quiénes gobiernan, es la forma más adecuada para organizar a nuestras sociedades. En realidad, el sistema de partidos políticos es la expresión del sistema capitalista mediante el cual, las clases dominantes tienen el poder para imponer o condicionar seriamente al gobernante electo, bajo la suposición de que esa situación es lógica y natural.