El texto de una obra de teatro es una representación de la realidad. A través de las palabras substituye una realidad, que puede ser un suceso del pasado real o una ficción, pero que tiene la pretensión de ser real porque quiere ser representada. Los actores representan a los personajes a través de su actuación, en una conjunción de movimientos corporales y palabras. Por lo tanto, la puesta en escena de una obra es una doble representación, los actores representan a los personajes en imágenes y palabras y los personajes representan a personas de esa realidad a través de las palabras. Cuando la puesta en escena logra su cometido, se produce un efecto mágico en los espectadores, porque ellos transforman esa doble representación y gozan de la obra como si fuera la realidad, son observadores privilegiados que experimentan emociones y sentimientos sin estar comprometidos, ajenos a los antecedentes y a las consecuencias futuras de esa realidad. Esa la razón por las que asisten a la función, la oportunidad de revivir emociones y sentimientos en la pasividad de sus butacas, gozando del anonimato en el silencio colectivo.
Por su parte, los actores son conscientes de lo que está sucediendo porque ése ha sido su propósito desde el primer ensayo: representar esa realidad. Para ello, están encarnando a esos personajes con la máxima entrega posible, haciendo suyas las palabras y sintiendo profundamente lo que los personajes están expresando. Sin embargo, nunca se enajenan, nunca dejan de ser lo que son, personas que se transforman en personajes a los que convierten en personas a través de su capacidad actoral. Ese es arte de la actuación, la maravillosa capacidad del actor de exhibirse ante el espectador como alguien distinto, pero que logra conservar en su interior la identidad de su persona, mediante una íntima comunión espiritual con los espectadores, sin los cuales nada tendría sentido.
En cada ensayo, el actor siente la presencia de un público imaginario, porque es la existencia futura de los espectadores lo que dará vida a la obra, lo que transformará la representación en una auténtica realidad.