La casa está situada en el medio de una hectárea alambrada, dos tranqueras ofician de entrada y salida, aunque una de ellas, la situada en la esquina opuesta a la que se usa como entrada porque hasta allí llega el camino de tierra, también podría ser considerada como tal por razones que se entenderán durante el trascurso de la historia. Alrededor, el campo infinito de la llanura pampeana, un horizonte de árboles pareciera engañosamente que le pone fin, pero sabemos que no es así, kilómetros y kilómetros de campos alambrados con cultivos y vacas es lo que veríamos si fuéramos en línea recta desde el río de La Plata hasta la cordillera de los Andes.
La dueña, una amiga de mi esposa, nos la prestó para que pasáramos un fin de semana largo. Es una típica casa de campo, antigua pero restaurada, ladrillo a la vista con una galería central a la que dan tres puertas dobles: la de la cocina y las dos del espacioso estar.
Cuando mi esposa le comentó que el martes pasaríamos por su casa de la ciudad para entregarle la llave, una sonrisa condescendiente acentuó la rareza de su respuesta: la casa no tenía llave, nunca la había tenido. Estaba totalmente amueblada con los elementos de confort de una casa moderna, pero no tenía llave, faltó que dijera, ¿quién va a llevarse lo que no le pertenece?, para que la ironía se transformara directamente en burla. A pocos kilómetros de allí, en un hermoso barrio parque, las medidas de seguridad por la ola creciente de asaltos habían generado una paranoia entendible. O sea, los ladrones existen, pero son lo suficientemente haraganes como para no extender su radio de acción hasta los quince kilómetros que separan la casa de la ciudad.
Luego de instalarnos hice una recorrida de inspección; nunca había pasado, teníamos que quedarnos tranquilos, de acuerdo, pero yo quería saber el grado de seguridad que ofrecían las aberturas. La puerta de la cocina tenía una cadenita-pasador, las dos puertas que daban al estar tenían puesto el cerrojo –evidentemente, alguna vez había habido llaves- y sólo podían abrirse desde adentro si se accionaba la falleba; las ventanas de los dormitorios y el baño se abrían desde adentro. Bueno, no estaba mal, si saliéramos podrían entrar por la cocina o violentando otra abertura, pero estando adentro el ruido nos alertaría como para intentar amedrentarlos y pedir ayuda. Ah, un elemento fundamental que me había olvidado de contar, habíamos llevado a nuestro perro que no es lo que se dice un guardián de primera pero tiene un oído, lógicamente, mucho más desarrollado que el nuestro.
El día había estado nublado y la noche llegó tan oscura como puede serlo cuando la luna, para colmo medio-menguante, está totalmente tapada por nubes densas. Nos quedamos mateando afuera de la casa hasta que el hambre y los mosquitos –quizás el orden fuera inverso- nos llevaron para adentro.
Confieso que mi sentido del humor es algunas veces demasiado oscuro, por no decir negro directamente. Habíamos terminado de cenar y nos disponíamos a leer los libros traídos ad-hoc, dado que sabíamos que no había televisor, cuando mi esposa me preguntó si había colocado la cadenita en la puerta de la cocina. “Estás pensando en ‘A sangre fría’, ¿no?”, le lancé como al descuido después de responderle afirmativamente. “¿La novela de Capote?”, me preguntó con indiferencia sin levantar la vista de su libro. Me di cuenta de que no recordaba el argumento, debí callarme la boca y sentarme a su lado para comenzar una inusual escena de lectura compartida que la televisión siempre se encarga de impedir con su omnipresente intromisión. Pero no, la tentación se impuso y, arrastrado por lo que creí que resultaría gracioso, le pregunté si recordaba el argumento. “Me acuerdo de que Capote le hacía un reportaje a uno de los dos tipos que estaban condenados a la horca por el crimen que habían cometido”, me dijo. “Efectivamente ̶ le dije sin mirarla mientras tironeaba de la manija de una de las puertas simulando que probaba la seguridad de su cierre ̶ el crimen de toda una familia que vivía en una casa solitaria en el medio del campo”. Cuando me dijo que siempre había creído que yo era un psicópata, me di cuenta de que el efecto que le había causado era mucho peor que si hubiera recordado el argumento inmediatamente, o mejor dicho, el recuerdo estaba reprimido y la maceración que mi insistencia había producido lo había hecho estallar con salpicaduras de sangre por todas las paredes. Hasta el perro, que estaba echado sobre el sofá, tan estirado como le fuera posible para ocupar mi lugar junto a ella, me miró con una inequívoca expresión de reproche.
Mi esposa se levantó para servirse una copita de un licor de dulce de leche que había previamente descubierto en el interior del bargueño. Normalmente, me habría convidado o, al menos, preguntado si quería, pero no, su enojo era contundente y quería demostrármelo.
Dormimos plácidamente, sin ningún sobresalto, las ocasiones en que nos levantamos para mear no molestaron al otro ni causaron insomnio. Cuando desperté, la poca luz que entraba por las ranuras de la celosía me dio la equivocada impresión de que sería muy temprano, sin embargo eran las ocho y cinco y a esa hora en primavera ya es de día. Mi esposa remoloneaba en la cama, me ofrecí a preparar el desayuno; aunque no lo dije, era evidente que intentaba ser una reparación del disgusto nocturno.
Pensé que estaría muy nublado pero, al llegar a la cocina y mirar por la ventana, la desaparición del paisaje me impactó. No se veía nada, ni siquiera el añoso eucaliptus que estaría a unos quince metros. Nunca había vivido una experiencia así. Salí a la galería y caminé unos pasos hacia la nada, la vista buscaba ansiosamente recuperar lo perdido, sentí que el corazón se agitaba en la garganta. Era un cerco de niebla que sacudía a la conciencia que buscaba aferrarse al recuerdo para luchar contra esa sensación de irrealidad que parecía ser un sueño. Me miré los pies, estiré los brazos y miré mis manos, estaban agrisadas, como si estuvieran perdiendo vida. “Un cerco de niebla como metáfora de nuestro indudable final”, me dije.
Mi alcance visual sería de unos dos metros, mirando el piso me alejé un poco más de la casa, con cuidado, tratando de recordar si no habría algún obstáculo cercano. ¿Hasta dónde podría llegar para dejar de ver la casa? ¿Se espesa la niebla lejos de los objetos? ¿Podría llegar hasta un lugar donde al mirar alrededor sólo pudiera ver mis manos y mis brazos, mis piernas y mis pies y parte de mi cuerpo? Un lugar donde si mirara hacia adelante solo viera esa nada grisácea sin matices y los ojos se sintieran defraudados y exigieran a la mente que creara las imágenes reemplazantes. ¿Se incentivaría mi imaginación en una situación así?
Seguí caminando en la dirección que sospechaba que estaba el eucaliptus, si desde la casa no alcanzaba a verlo era probable que desde allí tampoco viera la casa. Solo miraba el piso, avancé hasta que me di cuenta de que ya lo tendría que haber alcanzado, entonces me di vuelta y, efectivamente, la casa había desparecido. Inicialmente, sentí un extraño alborozo infantil, la sensación de omnipotencia de haber logrado que desapareciera algo, la magia pura y excitante de transgredir los límites de la realidad. Giré lentamente 360 grados, nada, no veía absolutamente nada, pero en lugar de que acudieran imágenes substitutas de la realidad, la mirada se esforzaba por encontrar algo, algún objeto conocido, no importaba cuál, una evidencia tranquilizadora.
Empecé a sentir frío, había salido de la cama sin vestirme, en calzoncillos, remera y para colmo descalzo. Y con el frío llegó primero una cierta intranquilidad, ya no había una excitación placentera abonada por la curiosidad, dudé si podría elegir la dirección correcta para volver a la casa porque al girar había perdido la orientación. Luego apareció la angustia, leve, estúpida me dije, claramente localizada en el plexo solar, la angustia es un miedo desconocido, ¿miedo a qué? , ¿a quién? Me pareció escuchar pisadas a mis espaldas, un leve sonido de pasto aplastado. “¿Sos vos, Graciela?”, pregunté esperanzado. No hubo respuesta ni continuidad en el sonido. ¿Se había detenido o mi imaginación me estaba jugando una mala pasada? “Reíte ahora de ‘A sangre fría´, ¿a ver, reíte?”, me dije en voz alta y, a pesar de que no me reí, fui consciente de cuán ridícula era mi situación. ¿Qué importaba que no supiera cuál era la dirección de regreso?, más allá del alambrado que rodeaba la casa no podría llegar y luego lo seguiría en alguna dirección hasta llegar a la tranquera, desde donde no tendría problema para orientarme.
De cualquier manera, empecé a caminar en una dirección que creí que era la correcta, precisamente la opuesta al lugar desde donde había llegado el sonido de las supuestas pisadas. Ya no caminaba tan lenta ni cuidadosamente, por eso no vi la ortiga que pisé impiadosamente. Después de putear sonoramente, pensé que era probable que me escuchara Graciela y el llamado de su voz me orientaría.
De repente escuché las pisadas otra vez, ahora muy cercanas, a mi izquierda. Me detuve. Solo podía escuchar mi respiración agitada. Di unos pocos más y entonces grité, algo, no sé qué pude haber gritado ante esa cara alargada de labios prominentes y ojos saltones que se alzaba por encima de mi cabeza a menos de dos metros de distancia. El grito lo asustó y pude ver su cuerpo robusto y lanudo en retirada. ¿Un animal? Una vaca no era. ¿Qué clase de animal era ese, con cuello largo y cara de camello? Una llama no podría ser. ¿Qué iba a estar haciendo una llama en el campo?
Escuché la voz de Graciela llamándome y me dirigí en esa dirección, en el camino casi me llevo una silla de jardín por delante y pisé otra ortiga. Me recibió con una frase cariñosa: ”vos estás cada día más loco, ¿qué carajo estabas haciendo afuera con esta niebla y así desvestido?” “¿Si te dijera que acabo de ver una llama, me creerías?”, le dije ya en el interior de la cocina donde la hornalla había entibiado el ambiente y el aroma del café complementaba una recepción muy acogedora. “Debe de haber quedado abierta la tranquera de atrás”, me contestó después de ordenarme que fuera a vestirme.
Eran cuatro machos de una vecina que la amiga de Graciela dejaba pacer en su campo para iniciar una cría de llamas con las hembras que llegarían pronto.
Después del desayuno, mientras me curaba las heridas en los pies, insistió en saber por qué me había metido en la niebla. “Fue una experiencia muy interesante” ̶ le mentí parcialmente ̶ “quise vivir la antesala de la muerte”. Mejor no transcribo su larga diatriba con pretensiones aleccionadoras.