Skip to content

Escritos de narrativa, teatro y análisis

Ayer como hoy

En una sala de espera de una estación de trenes, hay un hombre sentado en un banco leyendo un diario. El ruido de fondo del bullicio de la estación no parece molestarlo. Entra una mujer, se dirige a un banco enfrentado, pero al verlo se detiene, vacila y, finalmente, se para frente a él

– Jules, mi amor, eres tú, le dice sonriendo. El hombre levanta la visa y le contesta que se equivoca porque su nombre es Enrique.

– No, mi amor, no me estoy equivocando, ahora te llamarás así, pero cuando nos conocimos eras Jules. No me reconoces, entonces, ¿es verdad? Siempre pensé que cuando nos cruzáramos me reconocerías de inmediato, como me pasó a mí, estaba tan ansiosa esperando este momento.

– Debe tratarse de alguien muy parecido a mí, pero permítame presentarme, me llamo Enrique Dantón –  le dice parándose y tendiéndole la mano.

Ella lo  mira detenidamente sin tender la suya.

– No, no te pareces en nada a como eras.  Pero yo sé que eres tú, lo siento profundamente, tu mirada me lo transmite, los ojos no mienten, son el espejo del alma y tu alma ha quedado para siempre unida a la mía

– Así que usted piensa que yo no soy yo, a decir verdad hay veces en que yo también lo pienso, especialmente cuando hago algo que no me gusta, ¿a usted le pasa algo así, a veces?

– ¿Por qué me tienes miedo, Jules?

– Yo no le tengo miedo, ¿por qué piensa eso?

– ¿Y entonces? ¿Si a veces sientes que no eres tú, porque te niegas a aceptar que eres Jules?

– No es eso, lo que pasa es que es algo distinto no sentirme yo a sentirme otra persona, aunque mirándola bien ahora le voy encontrando cara conocida.

– Siéntate Jules, ven, siéntate que puedo explicártelo todo. (Se sientan.) ¿Te parezco atractiva ahora? Dime la verdad, la verdad nunca ofende.

            Él vacila y sonríe. Empieza a jugar con su anillo de casado

– Sí, claro, usted es una mujer muy atractiva.

            Ella se le acerca, le toma un brazo con ambas manos y le dice: -Quizás si te contara nuestra historia podría ayudarte a recordar.Nos conocimos en el año 1875 en el salón de la embajada rusa en París.

            Enrique duda entre que se trata de un juego o está loca pero, como es realmente muy atractiva, decide no contradecirla.

– Bien, ahora nos vamos entendiendo, usted me está diciendo que hay una mujer que se llamaba…

– Anne.

– Entonces, Anne conoció a Jules en 1875 en un salón, ¿no es así? Ella asiente expectante. -Y hablaron, y después se besaron y finalmente se enamoraron.

– Sí, mi amor, así pasó, ¿te acuerdas ahora? Él le sonríe falsamente. -No, no te acuerdas de nada. Se aleja de él. -¿Por qué mientes?

– Mire señora, seamos francos… pero antes quiero saber tu nombre.

– Yazmine.

– Bien Yazmine, terminemos la comedia. Te gusto, vos me gustás, pasame tu número así te llamo y nos podemos encontrar otro día con más tiempo.

Ella le mira el anillo. – Estás casado ahora. Estás casado y por eso intentabas ocultarlo tratando de sacarte el anillo. Pero Jules, querido, qué importa eso, ¿pensaste que podría importarme? ¿Qué tiene que ver el amor con el casamiento? A ver…permíteme. Le toma la mano y en un rápido movimiento le saca el anillo y se levanta. -Mira Jules, mira el símbolo del casamiento. Mira Jules, te costaba tanto desprenderte de él y ahora en mis manos luce más brillante. ¿Sabes por qué brilla más? No, no lo sabes. Brilla más porque está libre, puedo lanzarlo al aire, ¿ves?

Lo hace y lo recoge con ambas manos.

– Tené cuidado que se puede caer y perderse – le dice parándose.

– En cambio, en tu mano está prisionero, atrapado en un dedo como un símbolo vacío, el símbolo del compromiso con el cónyuge, el símbolo de la fidelidad, del amor forzado, corrompido por la iglesia y el estado que quieren controlarlo todo.

– Estoy de acuerdo en todo pero, ¿por qué no te sentás así seguimos hablando?

Ella se lleva las manos a la espalda. – No lo entiendes Jules, el amor no tiene nada que ver con este pedazo de oro y esa libreta que tiene tu esposa en algún cajón. Por otra parte, ¿Por qué no me llamas más por mi nombre? Soy Anne, la que conociste en la embajada y de la que te enamoraste perdidamente, o soy Yazmine, la que ves ahora, la mujer que te resulta atractiva y vas a volver a amar, mi querido Jules.

– Bien, Yazmine, vení sentate.

– ¿Ya no te interesa más el anillo?

– Sí, claro que me interesa.

– Si quieres el anillo, tienes que pedírmelo

– ¿Podrías, por favor, devolverme el anillo?

-No, tienes que pedírmelo bien, tienes que transmitir tu deseo de recuperarlo a pesar de que no significa nada para ti y tienes que encontrar la forma de hacerlo para que yo también desee devolvértelo.

Él mira la hora, hacia los costados y finalmente a ella fijamente.

– Yazmine, mi amor, quisiera volver a colocarme ese insignificante pedazo de metal en mi dedo, simplemente porque me he acostumbrado a llevarlo y a jugar con él de vez en cuando.

Ella estalla en una carcajada. – Sí, mi amor, ven, tómalo tú mismo.

Como sigue con las manos en la espalda, él intenta tomar el anillo desde atrás pero, cada vez que lo hace, ella gira y lo enfrenta. Entonces, al abrazarla tratando de agarrarle las manos, ella se cuelga del cuello y lo besa en la boca durante breves instantes, luego se sienta.

– Ay, mi querido Jules, no fue nada romántico ese beso.

– Yazmine, basta de jugar, se me está haciendo tarde, devolveme el anillo.

Ella le muestra las manos. – ¿Qué anillo Jules? No sé dónde está, quizás este encuentro haya trastocado el tiempo y ya no estés casado, mi amor.

– Si no estuviera apurado te seguiría el juego, pero tengo que irme, así que por favor devolveme el anillo

– Hay una única forma por la que podemos averiguar qué pasó y la tenemos que llevar a cabo juntos. Ven, siéntate.

– No, no me quiero sentar, me cansé de este juego. Lamentablemente, si no me lo devolvés voy a tener que buscar a un policía.

– Jules, mi amor, otra vez alejándote de mí con ese trato tan distante y amenazante. Cálmate y piensa. Suponte que lo haces y me llevan detenida. Será una pérdida de tiempo porque el anillo desapareció y en ese caso sí que no lo recuperarás jamás.

– ¿Qué es lo que pretendés? Por un momento yo pensé que…

– Esto no es un juego, Jules, nuestras almas se han reencarnado en estos cuerpos que llevamos ahora, pero la intensidad de nuestro amor ha producido una grieta en el espacio-tiempo, una anomalía prohibida por las leyes de la gran energía universal, que, sin embargo, me ha permitido reconocerte y recordar mi vida anterior.

            Sentándose a su lado: – Ahora entiendo, sí.  Debe haber sido muy duro para vos.

– ¿Qué cosa?

– Y…todo esto, que yo no te reconociera.

– Al comienzo, sí, pero ahora estoy sintiendo que finalmente vas a recordar, a pesar de la gran resistencia que estás ejerciendo.

-¿Vos pensás que si yo recordara, entonces aparecería el anillo?

– Puede ser, aunque eso es secundario, mi querido, lo importante es que recuerdes para que retomemos nuestro amor.

– ¿Qué tendríamos que hacer para que recuerde?

– Tenemos que recordar intensamente nuestro primer encuentro, la noche en que entraste al salón, lo recorriste con la mirada y cuando me viste quedaste como paralizado, sin poder apartar tus ojos de los míos. La idea es que a medida que yo te vaya contando tú te concentres y empieces a recordar.

– Bien, empezá.

            Ella empieza a contarle la escena con lujos de detalles, los ojos le brillan y a medida que avanza parece transportarse a otra realidad. Él la mira atentamente como si estuviera prestándole atención, aunque en realidad está disfrutando de sus gestos y mohines y se siente cada vez más atraído por ella. Cuando termina le pregunta: -¿Recordaste, mi amor?

– Sí, sí, el salón, tus ojos, el clavel, la música transportándonos a otro mundo, fue maravilloso, mi amor.

Se hace una pausa en la que ella lo mira fijamente: – No te creo, estás otra vez mintiéndome.

– Yazmine, entiendo que vos creas en la reencarnación y estés convencida de que  soy Jules, pero yo no creo en eso. De lo que sí estoy convencido es de que tenés el anillo escondido en alguna parte y que no me lo devolviste para retenerme. No hace falta, mirá, (le muestra la hora),ya perdí el tren y era el último de la noche, el próximo sale recién a las seis de la mañana. Así que tenemos mucho tiempo para que me cuentes toda tu historia con Jules.

– ¿No tendrías que llamar a tu esposa para avisarle?

Enrique duda, pero ahora no va a retroceder. Saca un celular. -Hola, Leonor, tengo algunas complicaciones inesperadas y me voy a quedar trabajando hasta tarde, así que no voy a dormir a casa. No, no te preocupes, no, te digo que no, sí, me voy a acordar. De acuerdo, sí, adiós, yo también.

-¿Todavía la quieres?

– Fue tu idea que la llamara.

– Así que tenemos toda la noche para que te cuente nuestra historia.

– Bueno, no sé si daría para tanto.

Se acerca sonriendo y se sienta muy cerca. Ella lo rechaza, busca el anillo y se lo devuelve.

– Ya tienes lo que querías, ahora puedes irte.

Intenta ponérselo pero no puede. Lo mira. – Este anillo no es el mío.

– Es que ahora tienes un cuerpo más grande, Jules. Mira la inscripción.

Enrique lee con dificultad. – A mi amado Jules. ¿A mi amado Jules? Así que esta es la razón de toda esta parodia, tenías un marido o un amante con ese nombre.

– Ese es el anillo que llevabas puesto, se ha transformado. Mira la fecha. (La lee en silencio y se queda mirándola a ella.) ¿Y, qué dice? Dice 14 de julio de 1875, ¿no es así?

– Lógico, es la fecha que grabaste. Es brillante, realmente brillante tu actuación. Te estás divirtiendo, ¿no es cierto? ¿Cuántas veces la pusiste en práctica?

– Presta atención… percibe qué silencio tan profundo ha caído sobre nosotros. Estamos suspendidos en el tiempo, Jules. Brahman nos está dando una nueva oportunidad.

– Bueno, siendo así tenemos que aprovecharla, vayamos a un hotel, ¿qué te parece?

– Te desconozco, Jules, ¿acaso puedes irte a un hotel con una desconocida?

– ¿Cómo desconocida? Sos Anne reencarnada en Yazmine y yo soy Jules, reencarnado en Enrique y tenemos que aprovechar la gran oportunidad que nos está dando ese dios.

– Brahman no es un dios, es la gran energía universal de la cual todos somos manifestaciones.

– De acuerdo, Yazmine, de acuerdo. Se sienta a su lado. – ¿Qué querés hacer?

– No lo sé.

– Bueno, te propongo que salgamos de acá, te invito a cenar.

– No podemos. ¿No te das cuenta de que estamos suspendidos en el tiempo? ¿Acaso escuchas algo?

Enrique presta atención. -Ya se ha ido toda la gente porque es muy tarde, no salen más trenes, por eso no se escucha nada.

– Si nos levantáramos y quisiéramos salir por esa puerta, no podríamos.

– ¿Ah, no? ¿Qué pasaría? ¿No podríamos abrir la puerta, nos caería un rayo en la cabeza?

– Simplemente no podríamos hacerlo.

– ¿Ah, no? Fijate, voy a ir hacia la puerta, voy a salir y a entrar, así te convencés de que estás equivocada.

Se levanta y va hacia la puerta. Ella grita: – No, no mi amor, por favor no lo hagas.

Se detiene antes de llegar a la puerta. -¿Estás muy convencida, eh? (Vuelve a sentarse). — -Bueno, está bien, lo que pasa es que estoy teniendo mucho hambre, ¿vos no?

– No lo sé.

– ¡Qué situación!, ¿no? Los dos acá, varados sin saber qué hacer. ¿Tenés alguna idea de hasta cuándo puede durar esta situación?

– No lo sé.

– ¿Querés saber por qué no me voy? No es por el anillo, mañana me compro otro y listo. No me voy porque me da lástima dejarte sola, por eso no me voy.

– ¿Y por qué te da lástima?

– Estás muy alterada y pienso que necesitás charlar con alguien para calmarte.

– ¿Ya no piensas que quiero robarte el anillo?

– Nunca dije que querías robarme el anillo.

– ¿Cómo no? Si dijiste que llamarías a la policía.

– Sí, dije eso, pero ahora pienso que vos realmente creés toda esta historia y que ni sabés dónde pusiste el anillo.

– Sólo te convencerías si me desnudara y pudieras revisarme, ¿no?

– No sería una mala idea. (Yazmine se para y comienza a sacarse la ropa.) No, pará, ¿qué hacés?, puede entrar alguien.

– Ya te dije que estamos suspendidos en el tiempo, nadie puede entrar o salir de aquí.

– De acuerdo, de acuerdo, pero no te desnudés.

– ¿Por qué? Es tu oportunidad para darte cuenta de que digo la verdad.

– Está bien, te creo, estamos suspendidos en el tiempo y el anillo desapareció, o mejor dicho, se transformó, está bien, lo creo todo, pero ahora decime, ¿cómo salimos de acá los dos juntos?

-¿Los dos juntos? ¿Para qué?

-¿Cómo para qué? Para ir a cenar y que me cuentes con detalles tu vida pasada con Jules.

– Te lo puedo contar acá.

– Acá, suspendidos en el tiempo quién sabe hasta cuándo. Lo lamento, Yazmine, pero no creo que aguante mucho más.

– Jules, era así, igual a ti de ansioso.

– Y…lógico, ¿no? ¿Acaso no soy Jules? Debo ser igual a él, no sólo en lo ansioso, sino en todo, en lo apasionado también.

– No sé, no sé…hay algo de frivolidad en ti que Jules no tenía.

– Ah, caramba, eso quiere decir que estás teniendo dudas.

– No, tan sólo quiere decir que no sos exactamente igual a él.

-Pero, ¿cómo es posible?, si su alma se ha reencarnado en este cuerpo, tengo que ser exactamente igual a él.

– No, porque el cuerpo puede modificar algunos aspectos secundarios del alma.

– Tienen respuestas para todo, ¿no?

– ¿Por qué ese plural?

– Me refiero a ustedes, los que creen en la reencarnación. Primero el reaseguro: no es posible acordarte de tu vida anterior, por lo tanto no hay forma de verificarlo. Segundo: si alguien cree que descubre a alguien reencarnado pero su personalidad no concuerda con la del anterior, entonces es porque puede modificarse. No hay forma de contradecir a la fe, en todas las religiones es lo mismo.

– Se ve que sigues tan descreído como al comienzo, mejor dicho, peor que al comienzo, porque te niegas a descubrir las evidencias que probarían que lo que te digo es cierto.

– ¿A qué te referís?, ¿al desnudo?

– El desnudo no es el objetivo, sino la demostración que no tengo tu anillo.

– Bueno, yo te reviso, de acuerdo, pero no acá.

– No podemos salir, Enrique, ¿por qué no lo aceptas?

– Me dijiste Enrique, ¿te diste cuenta de que me dijiste Enrique?

– Sí, eso quiere decir que me está ganando tu parte frívola.

– Sí, es verdad, soy muy frívolo, ¿sabés en lo que estoy pensando ahora?, en que si esto sigue así voy a tener que pasar la noche solo en un hotel, y todo por qué, porque creí que vos y yo teníamos algo.

– Porque le mentiste a tu esposa a pesar de que nunca creíste que yo tuviera razón.

– Muy bien, si yo puedo salir por esa puerta significa que estás equivocada, ¿no es así?

– Sí, pero no quiero que lo intentes.

– ¿Por qué?

– Tengo miedo de lo que pueda pasar.

– ¿Acaso creés que no me doy cuenta de tu juego? Te negás a que haga lo que demostraría que estás equivocada y yo no lo hago porque quiero que reflexiones y aceptes que el juego ya terminó, así nos podemos ir a pasar una hermosa noche juntos.

– Aunque pudiéramos salir, no podría pasar la noche contigo.

– Sí, porque si saliéramos estarías convencida de que soy yo, Enrique, por quien te sentís atraída.

– Si al menos te esforzaras un poco en recordar, pero no, parece que quisieras dejar las cosas como están.

– ¿A vos te parece que pasar la noche acá puede agradarle a alguien?

– No, yo tampoco quisiera quedarme suspendida en el tiempo para siempre.

Enrique se levanta, camina unos pasos hacia la puerta, se detiene y vuelve. Le dice dándole el anillo: – Tomá, guardalo vos, te pertenece.(Ella lo guarda. Pausa en la que ambos se quedan callados mirando el vacío.) -Es curioso, pero a pesar de la bronca que me hiciste agarrar, siento que me gusta mucho tu rareza, sos muy diferente a todas las mujeres que conozco.Sos audaz, divertida, inteligente y sensible.

Ella saca un anillo y lo mira. -Toma, ha vuelto.

Él lo mira, se lo prueba, se lo saca y lo guarda. Se levanta, le tiende la mano y salen.