Burocracia es una palabra que admite varios significados. La definición formal podría expresarse como “el sistema encargado de administrar y gestionar determinados asuntos”. Sin embargo, ya desde la etimología de la palabra formada por el vocablo francés bureau (oficina, escritorio) y la raíz de origen griego cracia (gobierno, dominio, poder), se pone de manifiesto un sentido peyorativo del término: el dominio o poder de la oficina sobre el asunto.
Este es, precisamente, el significado que se le da generalmente: el obstáculo que implica la infinidad de papeleos y trámites que hay que realizar para conseguir un objetivo.
Sin apartarse totalmente de ese significado popular, el significante “burocracia sindical” adquirió durante las luchas políticas de la década del ’70 una resonancia particular: la corrupción de los dirigentes sindicales que se enriquecían sin defender los intereses de los trabajadores. Quedó así establecida una equivalencia que dura hasta hoy: burocracia sindical = corrupción.
No es la intención de este artículo hacer un análisis de la validez de esa interpretación, sino la de resaltar una acepción de la palabra burocracia que puede ser más dañina aún que la corrupción.
En cualquier organización, un dirigente que se transforma en un burócrata puede ser honesto y, sin embargo, perjudicar a sus representados de peor manera que siendo corrupto. Para ello le basta con anteponer su interpretación de la realidad a la del conjunto y llevar a cabo acciones con esa convicción, fortalecidas por el carácter honesto y sin intereses personales de las mismas. Más allá de los beneficios que alcancen sus acciones, el daño que producen es la no participación de sus representados, los cuales, es justo decirlo, tienen, por lo general, la tendencia a delegar las decisiones en los dirigentes, producto de la fe que les profesan.
¿Por qué el burócrata honesto puede ser más dañino que el corrupto? Porque el corrupto puede ser desplazado por sus vicios, supuestamente responsables de los fracasos. En cambio, el honesto defiende sus posiciones con tal convicción que convence a sus representados de que es lo mejor que pudo hacerse
En realidad, el verdadero origen de los fracasos, está en la incapacidad del burócrata en conocer el estado anímico y grado de conciencia de sus representados para lanzarse a una lucha reivindicatoria, porque, precisamente, no ha incentivado la participación. La participación activa de un porcentaje mayoritario, salvo en contadas ocasiones, no surge espontáneamente, es necesario incentivarla y es el único reaseguro de que las decisiones y las acciones sean correctas. De lo contrario, se crea un paternalismo pernicioso que concentra todo el poder en el burócrata, autorizándolo a negociar con las autoridades como si sus representados fueran una tropa de maniobras.
Para concluir: burócrata no es ser corrupto, sino no incentivar la participación.