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Escritos de narrativa, teatro y análisis

Campo de batalla

Normalmente, cuando hacemos el análisis de una situación política utilizamos el criterio de evaluar el balance entre beneficios y daños para los intereses del Pueblo. Para ello, lógicamente, partimos de nuestros principios y convicciones políticas y el conocimiento de la historia de los participantes en la acción. Es natural, opinamos desde nosotros, desde nuestra concepción de lo que está bien o mal, no adoptamos otro punto de vista porque no nos parece necesario.

Sin embargo, como en toda confrontación –y en Argentina está muy claro que estamos viviendo una brutal confrontación entre nuestro modelo de país soberano y el que encarna el enemigo que es el de una colonia− es necesario analizar tres aspectos fundamentales: 1) nuestras fuerzas, 2) las del enemigo y 3) el campo de batalla. Los dos primeros son habitualmente tenidos en cuenta al hacer el análisis, pero el tercero no.

En nuestras democracias, las batallas donde se definen los resultados de la confrontación son las elecciones. Las fuerzas antagónicas se preparan todo el tiempo que media entre elecciones para obtener el triunfo. Dicho así, parece muy obvio, pero resulta que no es tan obvio lo que implica el análisis detallado del campo de batalla.

Continuando con la analogía bélica, los ejércitos analizaban cuidadosamente el campo donde se realizaría la batalla. En nuestro caso, eso implicaría analizar cuidadosamente la composición del electorado. En Argentina, está históricamente comprobado que, desde el ’46 hasta la fecha, los frentes peronistas ganan con el 48% de promedio y pierden con el 38%. El triunfo o la derrota lo define un 10% fluctuante, bautizado como el “voto fluctuante”. Entonces, analizar cuidadosamente el campo de batalla implicaría analizar los efectos de las situaciones políticas sobre ese porcentaje definitorio, algo que, lamentablemente, no hacemos. Para ello, sería necesario adoptar el punto de vista de este sector, no lo que nos parece bien o mal a nosotros, sino lo que ellos piensan y sienten. Claro que no es fácil, pero es indispensable para poder retener su voto. Esto de ninguna manera significa condicionar lo esencial de nuestra política, sino el tener cuidado en su enunciación para no perder ante el enemigo en la disputa del sentido y, además, no tomar algunas medidas que resultarán perjudiciales para este sector.

Por ejemplo, en la argumentación en favor de todos los subsidios debe ponerse el énfasis en la conveniencia generalizada de fomentar el consumo como elemento esencial para el crecimiento productivo, pero no basarse en consignas moralistas como “la patria es el otro”, que son muy caras a nuestro sentir pero irritantes o insignificantes para ese sector en cuestión.

Por otra parte, hay medidas que no deberían tomarse porque directamente generan un balance negativo. El impuesto a los salarios, que involucraba a un 10% de los trabajadores registrados (700.000), significaba sólo un 6% de los ingresos del Estado. No se quiso subir el mínimo no imponible ni modificar las escalas con la argumentación de la solidaridad a través de la consigna mencionada. En el 2015 se perdió en la segunda vuelta por 677.000 votos.

“Nunca seremos todos, nos basta con ser la mayoría”