Los sucesivos fracasos vividos deberían servir para establecer una acción política consecuente y decidida que apunte a una subordinación definitiva del Capital al Trabajo, mediante la creación de un Estado fuerte que represente a la gran mayoría del Pueblo.
El Capitalismo es amoral, sólo sigue su ley fundamental que es la maximización de la ganancia.
Por eso, toda invocación gubernamental a la solidaridad conduce a la frustración.
Los capitalistas solidarios son la excepción y corren el riesgo de quedar fuera del sistema.
La intervención del Estado en la regulación de la economía es un golpe a la esencia del sistema y exacerba la reacción de los capitalistas.
La armonización entre Capital y Trabajo es siempre transitoria y termina con elecciones tramposas o golpes de Estado.