Hay una clara y fundamental diferencia de poder entre quienes tienen un capital para dar empleo y quienes sólo tienen su fuerza de trabajo para ser empleados, ya sea manual como intelectualmente. Se da la paradoja que, al concurrir el trabador al mercado para vender su fuerza de trabajo, el precio de la misma lo fija el capitalista, al revés de lo que sucede con el resto de las mercancías. Esto pone de relieve la disparidad de fuerzas que existe entre los capitalistas y los trabajadores, más allá de las Paritarias, que nunca resuelven de fondo el deterioro permanente de los ingresos. Esta es la contradicción fundamental del sistema capitalista.
Estas son las dos clases principales en el capitalismo: capitalistas y trabajadores, conformando estos últimos la más numerosa. Dentro de la clase trabajadora, la tecnificación de la producción, sumada al predominio de la especulación financiera, han generado un sector de trabajadores que han quedado excluidos del sistema.
Hay otros sectores sociales que son menos numerosos pero que, junto con los capitalistas, conforman las clases dominantes: los terratenientes, que viven de su renta y los banqueros que usufructúan la usura.
También están aquellos, llamados “clase media”, que trabajan en forman independiente vendiendo su fuerza de trabajo de manera más ventajosa, porque lo hacen frente a clientes y no frente a capitalistas.
Un caso especial son los campesinos, que no venden su fuerza de trabajo sino que la utilizan para explotar la tierra que habitan, la cual está permanentemente bajo amenaza de expropiación por los terratenientes.
Otro caso especial son los pequeños y medianos empresarios que son capitalistas, pero que están subordinados a los grandes empresarios.
Esta realidad, harto evidente, que no es un invento marxista, ha sido tergiversada por la teoría funcionalista, desarrollada en EE.UU. y dominante en todo el mundo, la cual divide a la sociedad en “estratos sociales” en función de sus ingresos, haciendo hincapié en su poder adquisitivo de propiedades y bienes y en hábitos de consumo. Desde un punto de vista ideológico, la intención de esta teoría es minimizar o negar directamente la contradicción que existe entre los capitalistas y los trabajadores al enfatizar la posición de los estratos en un orden jerárquico de consumidores: alto, medio y bajo. Esta teoría es coherente con las constituciones de todos los países que conforman el sistema capitalista: ante la ley, todos tenemos igual derecho a consumir, pero la mayoría de la población no puede ejercer el derecho a satisfacer todas las necesidades básicas. En el caso de Argentina, se da la situación paradójica de que en su constitución existe el artículo 14bis que garantiza expresamente ese derecho. Sin embargo, la legislación vigente ha subordinado su cumplimiento a las Paritarias, asegurando así su incumplimiento.
Sin embargo, desde el punto de vista político la realidad es mucho más compleja. En Argentina –aunque es probable que suceda lo mismo en todo el mundo− el porcentaje de trabajadores ligados a la producción de bienes es de alrededor del 30%, el resto están empleados en actividades de servicios, con una enorme diversidad de prestaciones: estatales, bancarios, docentes, sanidad, comercio, etc. Esta división ha generado una clasificación de los trabajadores en obreros y empleados que, alimentada por la ideología dominante, ha creado la concepción, en un amplio porcentaje de empleados, que no son trabajadores, sino que pertenecen a alguno de los “estratos sociales” mencionados. Como, además, la concentración de empleados en sus lugares de trabajo es baja en comparación con las fábricas, la consecuencia ha sido que sus aspiraciones sean equivalentes a las de la “clase media”: ascenso social individual sin lucha colectiva. Sin embargo, no puede afirmarse que no exista un porcentaje de obreros que esté en las mismas condiciones pero, lo más probable, es que sea menor. Esta realidad, lógicamente, se refleja en las características del voto, donde un conjunto muy grande de trabajadores es capaz de votar propuestas electorales que contradicen objetivamente sus intereses.
Cuestionar, o directamente negar la existencia de clases, en función de aspiraciones de ascenso social y hábitos de consumo de “estratos sociales”, es subordinarse y favorecer la ideología del sistema capitalista. Quienes lo hacen se ven influenciados, probablemente, por la crítica a la suposición marxista que atribuía al proletariado el papel del sujeto revolucionario. Aunque esta concepción ya no pueda ser considerada correcta, no deja de ser cierto que la unidad de todos los trabajadores, en alianza con otros sectores sociales, es el único camino para transformar la realidad.