Es indudable que cualquier tarea que emprendamos necesita de una cuota de fe, porque es imposible que el análisis previo nos pueda dar la certeza de que tendremos éxito.
Esto es especialmente válido en la militancia, debido a la alta complejidad de la realidad socio-política. Sin embargo, esta circunstancia está acentuada por la histórica relación entre dirigentes y dirigidos, ya que la mayor capacidad de análisis de los primeros con respecto a los segundos –razón por la cual son dirigentes− genera que los dirigidos depositen la fe en ellos, es decir, la confianza en que sus decisiones son las correctas.
Históricamente, esto viene sucediendo en todos los partidos, ya sea de izquierda, centro o derecha. La causa hay que encontrarla en la poca o nula práctica de la crítica entre los dirigidos, basada en el amplio y generalizado debate de todas las iniciativas que promuevan los dirigentes. ¿Por qué?
Porque se argumenta que la crítica podría minar la fe que se necesita para movilizar a los dirigidos, ya que los debates generaría desánimo y estancamiento. La contradicción existe, la crítica se opone a la fe y la fe enfrenta a la crítica. Entonces, surge una pregunta: ¿es necesario resolver esta contradicción o podemos seguir así, manteniendo nuestra fe en los dirigentes sin criticar lo que hagan?