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Escritos de narrativa, teatro y análisis

Crónica verosímil

El mensaje le llegó por el celular secreto, las razones para su regreso anticipado de Europa eran terminantes: lo iban a separar de su cargo. Adiós a la relajación, al goce de la compañía de su hija, el viaje tan cuidadosamente programado y ansiado por ambos se deshacía en un instante.

         En el aeropuerto lo estaba esperando un colaborador, fueron directamente a su oficina, recién allí abrió el sobre que contenía la denuncia. No la había escrito él porque no estaba dentro de sus planes; sin embargo, contenía toda la información que había estado intercambiando con su contacto en la Secretaría de Inteligencia.

Por supuesto que sabía que no se interrumpiría la feria judicial por una denuncia sin las pruebas que la fundamentaran, lo importante era que estuviera presentada para poder salir a todos los medios a propagar la noticia, la enorme repercusión que causaría constituía el mejor antídoto contra su destitución. La presentación de las escuchas sobre las que estaba basada la denuncia se las reservaba para cuando fuera habilitada la causa. No había podido escucharlas, pero la confianza en su informante y la coincidencia con su presunción desde hacía años le daba firmeza a su postura, así pudo apreciarse en su aparición televisiva del día miércoles: un hombre tranquilo y seguro de sí mismo que transmitía la serena convicción de sentirse el adalid en la lucha contra una funesta confabulación.

         Durante esos tres días tan agitados, sólo se había podido comunicar mediante el celular secreto con el joven empleado que había contratado para realizar tareas informáticas. Se tenían un gran afecto y la posibilidad de verlo era el único aspecto positivo que podría balancear el disgusto por la interrupción de su viaje.

El día jueves, un reconocido matutino hizo público el contenido de algunas grabaciones. Recibió varias llamadas de dirigentes políticos que le preguntaron si se había reservado algo más substancioso para sostener la acusación. Le surgió entonces una gran ansiedad por escuchar todas las grabaciones y le pidió a su informante que se las enviara cuanto antes.

 Al día siguiente, se hizo pública una nota del ex ̶ director de la Interpol en la que se demolía sin lugar a dudas el pilar de la denuncia. Recién el viernes a la tarde pudo acceder a todas las grabaciones y comprobar que había cometido un grave error. Para colmo, a la semana siguiente debería enfrentar el interrogatorio de los diputados oficialistas en el Congreso durante la audiencia inicialmente programada por la oposición para magnificar la operación política. Finalmente, en el anochecer del viernes, pudo comunicarse con su joven empleado y acordar que lo visitara a la tarde del sábado. No tuvo la misma suerte para comunicarse con su informante, quería pedirle explicaciones por la contradicción entre la supuesta contundencia de las grabaciones y lo único que le había mandado.

         Se sentía traicionado, lo habían mandado al sacrificio como una pieza del ajedrez político que jugaban otros y en el que nunca había querido participar. Ramalazos de desesperación lo acuciaban, su carrera podría terminar desastrosamente, mucho peor que si lo hubieran destituido, ya que en ese caso podría haber asumido el papel de víctima. Tenía que hacer grandes esfuerzos para calmarse, había dejado terapia hacía algún tiempo y no tenía ningún confidente con quien descargarse, salvo su joven amigo con quien ansiaba por fin encontrarse.

 El sábado a la mañana recibió un mensaje por el celular secreto: su informante le decía que se cuidara de la custodia. ¿No tenía nada más que decirle?, ¿qué significaba ese mensaje?, no le respondía a todos sus mensajes de explicación y encima lo preocupaba con una advertencia que no le servía, ¿cómo haría para cuidarse de la custodia?, ¿tendría que pedir el reemplazo de los agentes a su servicio? Eso ya era demasiado, tuvo que tomarse un calmante porque la opresión en el pecho amenazaba con ahogarlo.

No pudo almorzar, sólo podía tragar líquidos. El tiempo parecía algo viscoso que demoraba la llegada de su amigo. Cuando finalmente lo hizo, una hora después de lo previsto, su cara lo impactó, era el preanuncio de una novedad fatídica: el joven se sentía muy tensionado por la situación, tenía miedo de que se hiciera pública su anormal situación contractual, no entendía por qué lo había hecho, ¿qué necesidad lo había impulsado para  exponerse de esa manera, después de lo mucho que habían hablado sobre lo importante que era mantener un perfil bajo? Las explicaciones no lo convencieron y el denunciante sintió que la promesa de un encuentro cálido que le trajeran la relajación y tranquilidad que tanto necesitaba se desvaneció por completo; en su lugar había surgido una fría incomprensión que le atenazaba el estómago.

Se espaciaron los silencios. A pesar de que era lo que menos le preocupaba, como una forma de sensibilizar a su amigo y acortar el distanciamiento, le contó lo de la custodia y le pidió prestada su pistola. Era un pedido insólito, pero el joven lo aceptó para salir de una situación que lo incomodaba mucho.

Tardó más tiempo de lo que hubiera necesitado para ir a su casa y volver, había estado vacilando en cumplir con el pedido, sentado en la cama con la pistola en sus manos lo hizo decidir un sentimiento de lealtad más que de afecto.

Le entregó la pistola con gran nerviosismo, al llegar a la entrada del edificio se había dado cuenta de que era una locura entrar con un arma a un lugar tan vigilado. Prácticamente, no cruzaron una palabra y se fue rápidamente.

Esa noche el denunciante no pudo dormir a pesar del somnífero. Se sentía solo y desamparado, el único con quien habría podido confiarse se había distanciado, tanto física como afectivamente. Las imágenes creadas por el miedo a su futura exposición en el Congreso se superponían con las de la cara de su joven amigo que lo miraba como a un extraño, o peor aún, como a un indeseable del que tenía que apartarse.

Atontado, sin saber qué hacer, salvo esperar que fuera más tarde para llamar a su amigo, se levantó cuando clareaba y se puso a leer las noticias en la Internet. Las dejó rápidamente porque lo intranquilizaron aún más.

Lo empezó a llamar a las ocho y siguió haciéndolo cada media hora, mientras deambulaba por el departamento sin poder parar y se tropezaba con varios muebles como si lo sorprendiera su presencia.

Recién a las once de la mañana pudo ubicarlo. En lugar de decirle lo que tenía planeado, se escuchó lanzándole un reproche por lo que consideraba una desconsideración inaceptable, y lo hizo en términos duros, como si la furia contenida se filtrara entre una grieta del afecto para encontrar al único destinatario accesible. Su joven amigo encontró en ese ataque la excusa que le dio el valor que no había tenido durante el encuentro anterior y le dijo que la relación estaba terminada, renunciaba a su trabajo y no quería volver a verlo.

El denunciante fue al baño, se miró al espejo, odió sus facciones retocadas para parecer más joven y se pegó un tiro.