Un hombre camina apurado hacia la parada del colectivo. Está rumiando los últimos acontecimientos del día en la oficina. Nada fuera de lo común, el apuro que exige su jefe para terminar un trabajo, los comentarios sobre fútbol – tristeza não tem fim – los comentarios sobre las minas, algunas de la oficina, pocas para el gusto de todos pero al alcance, o no. Claro que no es su caso, él tiene esposa e hijos y nada de tiempo para hacerse alguna escapadita, sin que eso implique que no participe en el entusiasmo colectivo por la narración de aventuras imaginarias o reales, siempre difíciles de discernir.
El hombre camina apurado sin saber por qué, no hay horario de llegada a su casa, no hay tareas pendientes, quizás el apuro sea sólo para encontrar el remanso del día, la relajación que no es segura tampoco, porque los problemas hogareños – roturas, peleas de los chicos, problemas en el colegio, gastos imprevistos del consorcio, etc.- pueden estar acechándolo.
El hombre camina apurado y no piensa en el viaje de 45 minutos que le espera en el colectivo atestado, sin la mínima esperanza de poder sentarse porque justamente baja cerca del lugar donde lo hace la mayoría: no es una conspiración, pero hay veces que la siente así.
No piensa en la rutina diaria de levantarse, desayunar apurado, acompañar a los chicos al colegio, viajar incómodo, trabajar nueve horas en algo que ya no aguanta y volver a empezar, de lunes a viernes, todas las semanas, todo el año con la breve interrupción de dos semanas de vacaciones cuando le toquen, a veces en diciembre, a veces a comienzo de marzo, nunca en enero o febrero.
No piensa en que la rutina, la falta de algún proyecto personal, por más insignificante que fuera, lo está oscureciendo y endureciendo a la vez, le está quitando la capacidad de respuesta ante los estímulos, lo está encerrando en un cascarón donde la resignación reemplaza a la esperanza.
El hombre no piensa en que si alguien quisiera escribir sobre su vida no encontraría ningún elemento que pudiera sugerirle una historia que fuera interesante para otros, algo que invitara a su lectura.
El hombre siempre camina mirando el piso, no porque ande buscando algo o tema tropezar, más bien pareciera que no quiere mirar a los demás, o recibir sus miradas, eso lo hace parecer más encorvado, más vencido.
Así va esta noche y al llegar a la bocacalle, a una cuadra de la parada, tiene que detenerse porque es el turno de los coches que pasan muy cerca del cordón. Quizás por eso, porque el ruido tan cercano y el desplazamiento violento del aire lo perturban haciéndolo retroceder un paso, es que levanta la cabeza y mira hacia la vereda de enfrente, donde ve que hay, tras la puerta ventana de un tercer piso, una mujer parada mirando hacia la calle. La persiana está completamente levantada y las cortinas corridas, hay una tenue luz que recorta su figura en un contorno difumado. No alcanza a ver su cara, pero le parece que lo está mirando; no, siente que lo está mirando. Dominado por una certeza que lo impacta., en lugar de seguir su camino o bajar la vista no puede dejar de mirarla.
Cambian tres veces más las luces del semáforo y el hombre sigue paralizado mirando hacia la ventana. La mujer tampoco se mueve. Si cruzara la calle y apretara el timbre del tercero A, ¿qué pasaría?, porque es seguro que el departamento es el tercero A, el edificio tiene el aspecto de tener departamentos de tres ambientes a la calle, dos ambientes internos y tres en contrafrente. ¿Qué podría decirle?: buenas noches, la vi desde abajo y me entró curiosidad por conocerla. ¿Por qué?, no lo sé, pasó así no más.
Pero el hombre sabe que jamás haría un cosa así, sería un acto demencial, hasta po-drían acusarlo de intento de robo. Sin darse cuenta, lo único que está esperando es que la mujer baje las persianas y deje de mirarlo.