Alberto y Enrique, antiguos amigos y compañeros de militancia, están sentados a una mesa en la casa del primero. Se escucha la voz de Enrique antes de que se enciendan las luces.
E: Mi hermana ya me tiene repodrido, no hace más que pedirme que me encargue de cosas para la vieja con la excusa de que ella no tiene plata ni tiempo.
A: Y…vos fuiste siempre muy solidario.
E: Dale, jodeme, quisiera verte a vos en mi lugar.
A: Yo jamás habría llegado a eso, no soy tan solidario como vos.
E: ¡De qué solidaridad me hablás!, es mi hermana.
A: Sí, una hermana que se aprovecha de tu excesiva…si no te gusta solidaridad podríamos decir sobreprotección o complacencia.
E: ¿Vos me invitaste para cargarme?
A: No, quería que leyéramos juntos este manuscrito.
E: ¿Es tuyo?
A: Sí.
E: ¿De qué trata?
A: Es el diálogo entre un ex – represor y un ex – detenido.
E: No, dejame de joder, mirá que tenés temas para elegir y justo se te ocurre ése. ¿Por qué no escribís sobre una familia disfuncional o sobre conflictos sentimentales entre homosexuales? Esos temas tienen público asegurado.
A: No te hagás el cínico y después de leerlo me decís lo que pensás.
E: ¿Y en qué actores pensaste? ¿No habrá sido en mí, no? Mirá que ya estoy oxidado.
A: Sí, pensé en vos y en mí.
E: ¿Vos? ¿Y desde cuándo sos actor?
A: Desde esta obra.
E: ¿Y el director?
A: Yo.
E: Ah, bueno…¿por qué no hacés los dos papeles también?, ya que estás…
A: Dale, empecemos a leer.
E: No, ¿es verdad que pensaste en actuar y dirigir vos?
A: Eso es secundario, lo que quiero ahora es que la leamos y me digas tu opinión.
E: ¿Cuál es mi papel?
A: Había pensado en que hicieras el del ex – detenido.
E: Bueno, dale.
A: Mi personaje se apellida Campos y el tuyo Sobrente. Campos y Sobrente están sentados a una mesa recogiendo unas carpetas y papeles sueltos. El resto de los miembros de la comisión directiva del club ya se han ido. Sobrente se levanta para irse. Espere Sobrente, quería charlar un poco con usted. Me di cuenta de que usted siempre tiene una actitud agresiva contra mí y no recuerdo haberle ofendido en ningún momento. Si no fuera así y alguna vez dije algo que lo tomó a mal, perdóneme porque no fue mi intención.
E: No, usted nunca me ha ofendido, jamás podría hacerlo Campos.
A: Entonces, no entiendo.
E: Puede suceder que usted sea un poco sensible y yo demasiado apasionado para defender mis opiniones.
A: No, no se trata de eso y usted lo sabe bien, si no quiere hablar tiene su derecho…
E: Menos mal…
A: Ve, ahí lo tiene, ese tonito irónico que usa siempre conmigo, ¿por qué no se sincera y me dice lo que tiene contra mí?
E: ¡Qué interesante!, realmente es muy interesante su insistencia, le quiero aclarar Campos que soy heterosexual.
A: Por más que me ofenda no voy a darle una excusa para que se enoje conmigo.
E: ¿Por qué piensa que lo ofendí?
A: Déjese de joder Sobrente, me acaba de tratar de puto.
E: ¿Y eso es un insulto para usted?
A: ¿Qué, para usted no?
E: Para nada, a lo sumo diría que está equivocado.
A: Se ve que usted es uno de esos que apoyó la aberración del llamado matrimonio igualitario.
E: Sí, efectivamente, Camps…
A (interrumpiéndolo): Campos es mi apellido.
E: No se altere, Campos, esto es lo que le pasa, usted es una persona muy sensible.
A: Si usted se creyó que me insultaba llamándome Camps, se equivoca.
E: Bueno, nos vemos la próxima reunión.
A: Espere, no se vaya todavía, creí que le interesaba por qué quiero saber qué problema tiene conmigo.
E: No, no me interesa, porque no tengo ningún problema con usted.
A: ¡Qué decepción!, nunca me imaginé que se negaría a sincerarse, tan frontal que es en las discusiones y ahora anda escondiendo la cabeza como el avestruz.
Enrique se está yendo, pero se detiene y se da vuelta.
E: Las personas de su clase están acostumbradas a obligar a los demás a hacer lo que ustedes quieren, pero conmigo se equivoca Camps, me importa tres carajos lo que usted piense y no voy a darle el gusto de decirle lo que pienso de usted.
A: Epa, epa, ahora sí que lo reconozco, ¡cuanta vehemencia!, las personas de su clase, dijo, se ve que me tiene clasificado, todo un avance. Le confieso que no me sorprende, los zurdos tienen ese afán descalificador de todos los que no piensan como ellos, y después se dicen democráticos.
En este momento, Alberto y Enrique dejan de leer, las luces se concentran sobre ellos y comienzan a actuar.
Sobrente: Zurdos, típico calificativo fascista, con razón no se ofende que lo llame Camps.
Campos: Vamos avanzando, Sobrente, usted es un zurdo que me considera un fascista y por eso me agrede siempre que puede.
S: Sí, es cierto, yo soy un zurdo y usted es un fascista y por eso me revuelve las tripas cuando lo escucho opinando como un fascista sobre la educación de los jóvenes, la falta de disciplina, la inseguridad, la necesidad del orden, la homosexualidad como una enfermedad social…
C: Bien, Sobrente, bien, me alegra que se haya sincerado, pero no se ponga mal ahora, no lo obligué, fue una decisión enteramente suya, ¿no es cierto?
S: ¡Váyase a la mierda!
Sobrente hace el ademán de irse.
C: Espere, espere, no se vaya así alterado, después se va sentir mal por haber permitido que yo lo hiciera enojar.
S: Tiene razón, Camps, tiene razón, el que se tiene que levantar furioso es usted, el que tiene que putearme porque no puede aguantar más las cosas que tengo para decirle es usted, porque usted sí tiene cosas de qué avergonzarse, yo no.
C: ¿Está muy seguro de eso, sobreviviente? ¿Ve?, yo también puedo jugar con los apellidos.
S: Sí, por supuesto, usted puede jugar con las palabras como ahora cree que puede jugar conmigo. Sin embargo…
C: No, no, se equivoca, mi única intención es que podamos tener una mejor relación. Somos las únicas dos personas pensantes de esta comisión y nos la pasamos rivalizando en vez de acordar proyectos que permitan levantar a este club.
S: Siempre vamos a estar en veredas opuestas, lo que a usted le parezca bien a mí me va parecer lo contrario y viceversa.
C: No se ponga dogmático, Sobrente, hay que intentarlo antes de resignarse. En la medida que podamos charlar más nos vamos a dar cuenta de que tenemos cosas en común, sin ir más lejos este club, ¿no es cierto?, los dos estamos acá porque queremos mejorar el club.
S: Yo sí, de usted tengo dudas, más bien me da la impresión que lo está usando de pantalla.
C: Otra vez sale con las agresiones, justo cuando me parecía que podíamos…
S: ¿Por qué no me ayuda a que se me vayan las dudas?
C: ¿A qué se refiere?
S: Por ejemplo, ¿por qué viene a este club si no vive en el barrio?
C: Ya lo dije un montón de veces, cuando era chico vivía en el barrio y veníamos a jugar a la pelota con los pibes casi todos los días.
S: Y lo dejaban entrar sin ser socio.
C: ¿Y usted cómo sabe que no era socio?
S: El club conserva todos los registros desde su fundación, usted debería saberlo.
C: Así que se tomó el trabajo de andar revisando esos libracos. Trabajo al pedo, Sobrente, ¿qué importancia puede tener eso? Éramos todos pibes del barrio y nos dejaban entrar igual.
S: ¿Para qué dijo que había sido socio, entonces?
C: No sé, fue un comentario al pasar, ¿qué importancia tiene?
S: Se me ocurre que así como mintió con eso, también mintió sobre sus verdaderas intenciones.
C: ¿Verdaderas intenciones? Usted está un poco paranoico, Sobrente. ¿Qué intenciones puedo tener en este club de barrio, enriquecerme?
Unos instantes antes de que las luces vuelvan a su intensidad original, ambos toman las carpetas como si estuvieran leyendo.
E: Está buena, che, me gusta.
A: Dale, sigamos.
E: Esperá, tenés algo fuerte para tomar. Alberto se levanta y sirve dos copas de whisky. ¿Hace mucho que la escribiste?
A: Empecé hace un mes y la terminé un día antes de llamarte por teléfono.
E: ¿Paula la leyó?
A: No.
E: A propósito, ¿cómo está?
A: No sé.
E: ¿Cómo que no sabés?
A: Se fue de casa.
E: No me jodas.
A: Dale, sigamos.
E: ¿Adónde se fue?
A: Me abandonó, Enrique, se piantó, no sé adónde se fue, ni me interesa.
E: Esto es increíble, ¿cuándo pasó?
A: A mediados del mes pasado.
E: Hace un mes ya, hace un mes que tu mujer se fue y no me dijiste nada, ni una palabra cuando me llamaste.
A: ¿Para qué?, ¿qué habría cambiado para vos el saberlo antes?
E: Para mí no sé, pero para vos a lo mejor charlar conmigo te habría hecho sentir mejor, no sé… ¿Cómo estás?
A: Bien gracias, ¿y vos?
E: Estás más loco que una cabra, tu mujer se va de golpe y vos nada, como si… dejate de joder.
A: ¿Si me pusiera a llorar, estarías más tranquilo?
E: Siempre fuiste un introvertido de mierda, pero ahora te pasaste, Alberto, realmente te pasaste.
A: Introvertido de mierda, ¡qué bronca te dio siempre que no hiciera como vos y te llorara a cada rato mis problemas, ¿no?
E: Así que yo te lloraba mis problemas, eso es para vos charlar con un amigo para sentirse acompañado, mirá de lo que me vengo a enterar después de tantos años de amistad, y yo que siempre creí que me escuchabas porque te interesaba lo que me pasaba.
A: No te pongas melodramático porque te saco el whisky.
Finge el ademán de sacarle vaso. Enrique se levanta con el vaso, va hacia la mesita, vuelve con la botella y se sirve más.
E: Dale, sigamos leyendo. (Alberto demora en decidirse.) Y dale, no me invitaste para eso, yo no te voy a joder más con mis problemas, voy a ser como vos, todo un duro, bancándose todo siempre solo. Treinta años de casado, se fue tu mujer y está todo bien, más que bien, te sentiste libre para escribir esta obra, fabuloso, a lo mejor hay que hacer como vos.
A: Me equivoqué, no te dije nada porque pensé que ya lo sabías.
E: ¿Cómo voy a saberlo?
A: Pensé que Paula te había llamado.
E: ¿Por qué me llamaría Paula?
A: Fue amiga tuya antes que yo, ¿no?
E: ¿Qué tiene que ver eso?, vos sabés que después de que empezaron a salir sólo nos veíamos en pareja.
A: Sin embargo ella me dijo que se encontraron varias veces.
E: Puede ser que nos hayamos encontrado casualmente en algún lugar…sí por qué no.
A: No, no fue casualmente, se encontraban porque ella te contaba lo mal que andábamos, ¿no es así?
E: ¿Adónde querés llegar con este interrogatorio?
A: A ningún lado, simplemente quiero que entiendas por qué supuse que vos lo sabías.
E: Sí, nos encontramos un par de veces porque estaba muy mal, me contó que te habías vuelto más cerrado de lo que fuiste habitualmente y casi no le hablabas y que ella se desesperaba y te peleaba y entonces vos te ibas y volvías tarde o no volvías hasta la mañana siguiente.
A: Sí…y vos la escuchabas y la aconsejabas que tuviera paciencia, que algo me estaría pasando y que si no me presionaba terminaría contándole lo que me pasaba, ¿no?
E: Sí, exactamente, eso le decía, ¿te lo imaginaste o te lo contó ella?
A: Sos mi amigo, ¿qué otra cosa podrías decirle?
E: Entonces ella nunca te contó nada…
A: ¿Hay alguna otra cosa que debería saber?
E: No, ¿qué otra cosa?
A: Si nunca te avisó que me dejaría.
E: No, nunca me dijo nada de eso, me parece mentira que se haya ido, siempre fueron una pareja tan unida, no entiendo qué carajo te pasó.
A: ¿Sólo a mí?
E: Sos vos el que cambiaste.
A: Porque te lo dijo ella.
E: Y sí, vos nunca me hablaste de los problemas que había, seguramente tenías quejas de ella, pero si no hablás…
A: No tengo nada de qué quejarme de Paula, salvo que no tolera el silencio. Es cierto, yo me volví más taciturno y ella más necesitada de las palabras, debe haberse ido a la casa de su hermana, charlatana como ninguna.
E: ¿Y no la llamaste para saber si está ahí?
A: Me dijo que ya no me quería.
E: Estaba dolida, pensaría que eras vos el que ya no la querías.
A: Es que fue eso lo que pasó, nos dejamos de querer, es difícil aceptarlo, pero es así.
E: Dejate de joder, Alberto, eso no puede suceder.
A: ¿Por qué?
E: Porque para que desaparezca el amor tiene que aparecer el odio y ella no te odia, te lo aseguro.
A: Estás equivocado, si hay odio sigue el amor, porque no pueden estar separados, la unidad de los contrarios, ¿te olvidaste? Pero el amor puede ir languideciendo, gastándose, día a día, escurriéndose entre las grietas de la rutina.
E: “Escurriéndose entre las grietas de la rutina”, está bueno, para una obra de teatro está bueno, pero no para la realidad. De la única forma que entendería lo que pasó es si hubiera un tercero o tercera.
A: De mi parte no la hay.
E: De ella menos.
A: ¡Qué seguro que estás!
E: No te hagás el boludo, vos también estás seguro.
A: Bueno, entonces ahí tenés, el amor simplemente se escurrió entre las grietas de la rutina. Levanta el vaso proponiendo un brindis. Brindemos por un filosófico descubrimiento: todo lo que nace, se desarrolla y muere.
Enrique toma sin brindar y se sirve más. Agarra la carpeta y se pone a ojearla.
E: Me parece que es demasiado larga.
A: Para cortar siempre hay tiempo. Comienza a leer. Habíamos dejado acá. ¿Verdaderas intenciones? Usted está un poco paranoico, Sobrente. ¿Qué intenciones puedo tener en este club de barrio, enriquecerme?
Pausa en la que a Enrique le cuesta encontrar el parlamento.
E: No, claro que no, usted ya tiene mucha y no la está buscando acá, lo que está buscando acá es un futuro tranquilo, ¿no es así?
A: ¿Un futuro tranquilo? Ah, sí, puede ser, un lugar donde pasar la vejez jugando tranquilamente a las bochas o las cartas, y sí, puede ser que sea esa mi motivación, no lo pensé pero puede ser, como no.
E: No sea hipócrita Camps, usted jamás elegiría este club para pasar su vejez. Si logra su propósito y consigue asegurarse un futuro tranquilo, usted la pasará jugando al golf o las cartas en el country de Pilar, donde tiene esa hermosa casa de dos plantas con pileta.
Comienzan a actuar.
C: ¡Qué sorpresa Sobreviviente!, un zurdito que recurre a los servicios para investigarme.
S: Usted tiene amigos en los servicios, yo simplemente lo seguí, no fue fácil, maneja muy imprudentemente, como todo lo que hace, la vida de los demás le importa tres carajos, aunque ahora parece que también su propia vida tiene poco valor. ¿Será porque está analizando el suicidio si llega a destaparse la olla?
C: ¿Está tomando alguna medicación?, porque pareciera que está delirando, no se automedique, tenga cuidado.
S: Sí, desde el momento en que me enteré quién es usted, empecé a cuidarme, nada de conversaciones políticas ni personales con usted, mantenerme a distancia para evitar cualquier roce. Y pude hacerlo hasta esta noche, hasta que me provocó y ya no pude callarme, porque lo último que podríamos hacer es tenerles miedo, y menos ahora.
C: Usted me está confundiendo con otra persona, Sobrente.
S: Eso es lo que se propuso y logró durante mucho tiempo, cambiar de identidad, pero ya no puede hacerlo más, el pasado lo va a aplastar Costa, y dentro de muy poco.
C: Ve, ahí está, ¿cómo me llamó? Costa, bueno, se está confundiendo de persona, siempre mi apellido ha sido Campos, no me explico de dónde sacó esa idea.
S: No importa que lo niegue, ya se le escapó la liebre Costa, tanta vigilancia, tanto esfuerzo al pedo en este club pedorro, pero Gómez ya hizo la denuncia, esta misma noche hizo la denuncia y ya está bajo custodia con toda su familia.
C: Lo que usted me está diciendo es una locura, una gran equivocación y lo lamento por Gómez que se ha metido en un gran lío, supongo que influenciado por usted.
S: Si no fuera que lo odio tanto, admiraría su frialdad, Costa, pero no la malgaste conmigo, la va a necesitar en Tribunales.
C: El giro que ha tomado esta conversación es increíble, todavía no pude reaccionar. Dígame Sobrente, por favor, ¿quién es esa persona de apellido Costa con la que me han confundido y que ha llevado a Gómez a hacer una denuncia?
S: Lo reconoció apenas apareció por acá, más viejo claro, pero con la misma mirada de asesino que Gómez nunca pudo olvidar.
C: ¿Ese Costa mató a algún familiar de Gómez?
S: No sé para qué quiere seguir la farsa conmigo, a usted sí que le está faltando coraje para asumir lo que hizo y defenderse, aunque me imagino que ya tiene contactado un buen abogado que le preparó un buen discurso: yo soy Alberto Enrique Campos, acá está mi partida de nacimiento, la libreta de casamiento de mis padres, los certificados escolares, mi libreta de enrolamiento, todo señala sin dudas que soy Alberto Enrique Campos, corredor de bolsa, al alférez Agustín José Costa nunca lo conocí ni sé quién es, ¿no es así?
C: ¿Alférez?, ustedes me confunden con alguien de la Marina.
S: ¿Va recordando?, haga un esfuerzo más, ¿de qué lugar de la Marina?
C: ¿Cómo voy a saberlo?
S: Le doy una ayudita, el lugar empieza con “E” y fue el lugar más tenebroso de la Argentina.
C: No sé…
S: Ahora es un museo, y no me pida más ayuda Costa, ya tiene que sacarlo con esto.
C: Ustedes están locos, ¿cómo pueden acusarme de eso?
S: ¿De qué Costa?, ¿de qué lo estamos acusando?
C: De haber estado en la ESMA.
S: De haber sido el más sanguinario hijo de puta de la ESMA, conocido como el chacal.
Dejan de actuar
E: Esperá un poco, hay algo que no me gusta: no me parece verosímil que un torturador se meta en un club de barrio para vigilar al tipo que lo puede denunciar.
A: ¿Por qué?
E: Y…porque se está precisamente arriesgando a que lo reconozca, ¿para qué va a hacerlo?
A: Porque quería desactivar esa posibilidad convenciéndolo de que Campos nunca había sido Costa.
E: Pero, ¿de dónde había sacado la información que en ese club había un tipo que podría llegar a reconocerlo?
A: Sobrente había pasado esa información.
E: ¿Cómo Sobrente? ¿A quién se lo había dicho?,
A: Nos estamos adelantando mucho en la trama…
E: No importa, ahora quiero entender.
A: ¿Viste que Campos lo llama sobreviviente? Bueno, Sobrente y Gómez son dos sobrevivientes de la ESMA, sobrevivieron porque colaboraron, pero Gómez, a diferencia de Sobrente, cortó todos los contactos con los servicios de la Marina. En cambio, Sobrente sigue viendo a uno de ellos que se retiró pero que no era un torturador sino que trabajaba con él en la clasificación de la información y la edición de material impreso en la ESMA.
E: Dejate de joder, es muy retorcido, ¿y todo eso queda claro en la obra?
A: Yo creo que sí, pero quiero tu opinión.
E: Bueno, pero ahora terminame de explicar qué hace Sobrente.
A: Se entera, a través de este tipo, de que Costa se transformó en Campos y como sabe que Gómez lo podría reconocer elabora el siguiente plan: le dice a su contacto que conoce a un tipo que podría reconocer a Costa y que para desactivar esa posibilidad sería conveniente que se hiciera ver, porque de esa manera podría verificar si realmente lo identificó y tomar las precauciones necesarias o, en caso contrario, quedarse tranquilo. También acuerda en que él debe permanecer en el anonimato, pero que colaborará con ese propósito sin que Costa se entere. Sin embargo, cuando Costa aparece por el club, Gómez no lo reconoce y es Sobrente quien empieza a insistirle que se trata del torturador, hasta que finalmente lo convence de que tiene que hacer la denuncia.
E: No, no me gusta, es muy retorcido, nadie va a entender un carajo. ¿Por qué tuviste que elegir una trama tan complicada? ¿Por qué no puede simplemente descubrir Sobrente de quién se trata y Campos ser un tipo que se acerca realmente al club porque jugaba cuando era chico y tiene ganas de colaborar?
A: ¿Un hijo de mil putas como ése con sentimientos nobles?
E: Pasaron muchos años y el tipo cambió, un personaje con contradicciones, no estaría nada mal, Alberto, pensalo.
A: No, me gusta como está.
E: No todo el mundo tiene que ser tan rígido como vos, Alberto.
A: Ah, se trata de eso, volvés sobre lo mismo.
E: Te estoy dando mi opinión, ¿no querías mi opinión?, bueno, mi opinión es que así la obra no está bien.
A: Pero, ¿qué querés, un torturador arrepentido?
E: ¿Por qué no?
A: Dejate de joder, ¿no los viste en los juicios?, siguen amenazando los hijos de puta, ni uno solo está arrepentido.
E: Bueno, dejalo ambiguo, que no se sepa si está arrepentido o no, pero eso no es un obstáculo para que el tipo sea sincero cuando dice que quiere colaborar con el club.
A: Tendría que reescribir todo.
E: No, la primer parte está muy bien, tendrías que sacar lo de Gómez.
A: No puedo Enrique, no puedo imaginarme un personaje así, no puedo imaginarme otra cosa que no sea un coherente y permanente hijo de mil putas.
E: Improvisemos, dale, yo hago de Costa ahora.
A: No, dejalo así, no importa, fue una boludez elegir este tema.
Se levanta, va hacia un extremo y se queda parado mirando el piso.
E: Dale, probemos, vos hacés de Sobrente, si no sale nada que te guste lo dejamos.
A: Vos sabés por qué salí vivo de ahí, ¿no?
E: Costa lo sabe.
A: ¿Qué?
E: Costa lo sabe porque le pregunta si no tiene nada de qué arrepentirse.
Alberto se acerca vacilante a la mesa
A : Te hablé de mí, Enrique.
E: Sí, ya sé, ¿querés hablar de eso ahora?
A: Vos lo sabías, siempre lo supiste, ¿no? Pausa. Contestame.
E: No lo sabía, pero me lo imaginé.
A: Y nunca me dijiste nada, nunca un reproche, siempre llamándome para salir, para charlar, nunca un comentario, ni una palabra que rozara el tema. Vos sos un gran tipo y yo soy un reverendo hijo de puta.
E: Pero, ¿qué estás diciendo? ¿Quién soy yo para juzgarte?
A: Y… sin embargo hace un rato me dijiste que era un introvertido de mierda. Así que ahora me podrías decir que soy un traidor de mierda también.
E: Nadie puede decir lo que haría en una situación así.
A: Es cierto, pero los que hicieron lo correcto ya no pueden hablar.
E: Pero, sin los testimonios de los sobrevivientes no se habría podido mandar a la cárcel a los genocidas.
A: No todos los sobrevivientes colaboraron, y yo nunca atestigué, ¿te das cuenta, Enrique?, yo nunca hablé.
E: Estás hablando ahora.
A: Quiero decir públicamente.
E: Lo estás haciendo ahora a través de la obra, dejalo hablar a Sobrente, tiene razón en odiarlo y querer mandarlo a la cárcel y, además, quiere reivindicarse con eso.
A: No puedo, ya no puedo.
E: Mirá, Sobrente dice solamente:”No importa que lo niegue, ya se le escapó la liebre Costa”. Después sigue lo de la confusión del nombre, nada de mencionar a Gómez y sigue el interrogatorio sobre la ESMA y empezamos desde el momento en que Sobrente dice “De haber sido el más sanguinario hijo de puta de la ESMA, conocido como el chacal”. Sigo yo: Lo lamento, Sobrente, realmente lamento que usted esté tan trastornado como para ver fantasmas.
Pausa en la que Alberto se queda mirando el vacío.
A: Fantasmas, sí, es muy probable que usted sea eso Costa, nada más que un fantasma, que ya no tenga vida propia, ¿se da cuenta, Costa?, sus palabras lo traicionan, usted ya no existe, para volver a existir va a tener que dejar de ser Campos para ser Costa y asumir la responsabilidad de lo que hizo.
E: Mire Sobrente, si no fuera que estoy tan interesado en tener una buena relación con usted para beneficio de este club, hace rato que me habría ido, porque hace rato que me ha cansado con las ridiculeces que está diciendo.
A: Se siente muy seguro, ¿no?, muy seguro en la negación de su pasado, en que no hay pruebas de quién es usted realmente, cree que pudo borrar todas las evidencias, pero sin embargo su madre sigue viviendo, 95 años y sigue viviendo y ella no se cambió de nombre, ella sigue siendo la madre del alférez Costa. Bueno, ahora existe el análisis de ADN, ¿no pensó en eso Costa?
E: Pobre imbécil, ¿cómo piensa que va a poder obligarme a hacer un análisis de ADN? ¿Qué juez le va a tomar una denuncia por su sóla palabra contra todas las evidencias que tengo?
A: Ahora empezamos a hablar claro, hijo de puta, me costó reconocerte, no podía creer que hubieras aparecido por acá, hasta que hubo un detalle que terminó de convencerme.
E: ¿Por qué no terminamos con esto? Ya se sacó las ganas y me dijo todo lo que quería decirme, ahora ya sé por qué me odia, así que demos por terminado esta charla porque no conduce a nada positivo, lo que pasó ya pasó, Sobrente, ¿no se da cuenta? La mayoría de la gente quiere mirar sólo para adelante.
A: Eso es lo que quisieran todos ustedes, que nos olvidáramos de lo que hicieron, pero no es así, la gente quiere justicia, la gente tiene memoria y quiere justicia.
E: ¿Justicia? ¿Qué justicia puede haber en una guerra? Lo que ustedes quieren es venganza, no justicia. Bueno, ya está, ya metieron en cana a unos cuantos, ¿no les basta?, ¿en serio que busca meterme en cana a mí también con ese detalle que dice que tiene? Me quiere correr con un cuatro, ¿piensa que soy un boludo?
A: No te pienso decir cuál es la evidencia incriminatoria.
E: Usted ve muchas películas de espías, ¿no es cierto?
A: Ya te vas a enterar cuando te cite el juez.
E: Va a quedar como un boludo, Sobrente, ante todo el mundo, va a quedar como un boludo y se va a comer un juicio por difamación, la verdad es que me da lástima, me da mucha lástima, podríamos haber hecho grandes cosas en este club.
A: Ya te estoy viendo en el banco de los acusados y yo declarando en tu contra mientras te miro a los ojos y disfruto con tu miedo, sí, hay venganza, claro que hay venganza, un enorme placer en la venganza, ¿acaso la justicia no es la venganza institucionalizada?
E: Bien dicho, Sobrente, bien dicho, la justicia es la venganza de los que tienen el poder. Cuando lo teníamos nosotros nos vengamos por todos los camaradas que nos habían matado los terroristas, ahora se están vengando ustedes, los terroristas que tomaron el poder, lo cual durará hasta que se dé vuelta la taba otra vez.
A: Todavía no te diste cuenta, Costa, de que no hubo una guerra, que eso es lo que les metieron en la cabeza los poderosos, los que siempre tuvieron el sartén por el mango, para que hicieran la tarea sucia de eliminar a los que les estaban jodiendo el negocio, los miles de militantes que no estaban en la guerrilla sino que enfrentaban a la explotación con los métodos de lucha tradicionales de la clase obrera.
E: Buen discurso, Sobrente, entonces, ¿por qué se ensañan con nosotros y no meten en cana a los poderosos? ¿Acaso no es tan culpable el criminal como el instigador? ¿Se da cuenta de que todo es una farsa? El gobierno se dedica a perseguir a unos viejos inservibles para quedar como el campeón de los derechos humanos y ésos que usted llama los poderosos se cagan de risa y siguen ganando guita a carradas.
A: Ya les va a llegar el turno, primero los criminales, después los instigadores.
E: Usted es un ingenuo que va a terminar mal.
A: No, el que va a terminar mal vas a ser vos, Chacal. Alberto saca un arma y se para. Tenés razón, para qué recurrir a la justicia que es muy lenta…
E: ¿Qué hacés con ese arma, estás loco?, bajá ese arma, Alberto.
A: Tenés miedo ahora, ¿no? Le apoya el arma en la cabeza. Quiero que sientas el mismo miedo que sentí yo.
E (parándose): Bueno, ya es suficiente, cortala.
A (gritando): Sentate o te quemo acá mismo, sentate ya, carajo.
E (sentándose): Bueno, ya está, pero bajá ese arma.
A: ¿Querés saber por qué te van a mandar en cana? Te lo voy a decir, te lo voy a decir porque ya nada te puede salvar. ¿Ves? Le muestra los dientes. Todavía tengo todos los dientes, son los mismos que te clavé en la mano, hijo de puta, acá. Le agarra una mano, Enrique primero se resiste, pero deja de forcejear cuando Alberto le empuja la cabeza con el arma. Acá, acá están mis dientes, quedó una marca perfecta, mi huella, mi huella y tu condena, hijo de puta. Pausa en la que se miran fijo como petrificados. Dame el pie, no sé cómo seguir, boludo.
E: Sos un hijo de puta, me pusiste un arma en la cabeza.
A: No está cargada, boludo, ¿qué te pensaste? Enrique se levanta y toma un trago largo de whisky. Te cagaste en las patas, no estabas actuando, parece que me salió bien, ¿no?
E: ¿Y vos estabas actuando?
A: No, claro que no, te quería matar…Dale, boludo.
E: ¿Por qué tenés ese arma encima?
A: Para usarla en la obra, para qué va a ser. Me gustó la improvisación, voy a escribirla, pero no sé cómo terminarla ahora. ¿Qué te parece, lo mata?
E: ¡No!, de ninguna manera.
A: Está bien, pero falta toda la parte ésa en que el tipo se muestra más humano, ésa que dijiste donde el tipo realmente quiere colaborar con el club.
E: A mí me parece que lo del arma está de más, confunde.
A: ¿Por qué?, no está mal jugar con la ambigüedad de que parezca que lo quiere matar.
E: Pero, ¿en lo que habías escrito figura la amenaza?
Alberto agarra los dos manuscritos.
A: Seguro, pero ahora hay que escribir toda la última parte de nuevo.
E: Y lo de los dientes, ¿también estaba?
A: Seguro, pero ahora quedó mejor, tenías razón, te salió bárbaro Costa, yo no habría podido decir eso que dijiste. (Pausa) ¿Estás enojado?
E: No, enojado no, más bien desconcertado.
A: Te entiendo, una cosa era cuando no estaba dicho, cuando quedaba sólo en el imaginario, pero ahora que fue dicho tiene un peso insoportable, ¿no?
E: ¿De qué estás hablando?
A: De mi colaboracionismo, ¿de qué voy a estar hablando si no?
E: Nada que ver, no estoy pensando en eso.
A: ¿Y en qué estás pensando, entonces?
E: No sé, estoy confundido, no sé qué pensar.
A: Está bien, Enrique, dejalo así.
E: Son demasiadas cosas, lo de Paula, la obra, esa actitud final que tuviste con el arma.
A: Ah, seguís enganchado con lo del arma.
E: ¿Me dejás ver si está cargada?
A: Ya te dije que no está cargada.
E: Dejame ver, entonces.
A: No hace falta, con mi palabra basta.
E: ¡Me pusiste un arma cargada en la cabeza, vos estás loco!
A (mostrándole el arma): Mirá boludo, tiene el seguro puesto y no tiene bala en la recámara.
E: ¿Y me querés hacer creer que tenés un arma cargada para leer una obra?
A: No, no, es cierto, lo que pasa es que desde que se fue Paula me volví un poco paranoico con los ruidos, no tenés idea los ruidos raros que hay en una casa solitaria.
E: Los ruidos los tenés en la cabeza, Alberto, vos necesitás ayuda.
A: Es lo que me decía Paula, últimamente, se ve que también hablaron de eso.
E: Paula estaba muy preocupada por vos.
A: ¿Preocupada? Sí, se ve lo preocupada que estaba, por eso se fue y me dejó solo.
E: ¿Ella vio el arma?
A: Ahora estás insinuando que la amenacé, claro, eso te cierra, la amenacé y por eso se fue, se fue por miedo a que la mate, ¿no?
E: Ni se me ocurrió eso, mejor guardá la imaginación para la obra. Me quedo más tranquilo si me das el arma.
A: Está bien, quedate tranquilo, la guardo. Sale. Enrique se pone a ojear apresuradamente el manuscrito. Cuando oye que vuelve lo deja. Bueno, ya está, ya la guardé. Ahora te podés ir tranquilo.
Enrique vacila, se pone el abrigo.
E: Bueno, chau, y haceme un favor, llamala.
Se dan un abrazo. Después de que Enrique sale, Alberto se sienta y saca el arma de la cintura, se queda mirándola y llora. La deja y agarra el telefóno.
A: Hola, soy Alberto, ¿está Paula allí?
FIN