Se habían conocido en una situación muy poco propicia para generar una relación romántica. El auto en el que ella viajaba con una amiga por la Panamericana había volcado, luego del encierro provocado por un conductor imprudente y la nefasta combinación de volantazo y frenado que había utilizado su amiga, conductora inexperta que nunca había manejado en una autopista. El auto había dado una vuelta completa de costado y quedado detenido sobre las ruedas, perpendicularmente a la dirección del tránsito. El que venía atrás pudo esquivarlo de milagro y siguió su camino. A pesar del susto y el atontamiento, ella era consciente de que el peligro no había pasado, podrían ser embestidas por cualquiera que no reaccionara a tiempo. Vio que se detenía un auto a una distancia prudencial y que su conductor se bajaba rápidamente, hacía señas ampulosas para desviar el tráfico y se apresuraba a abrir el baúl para sacar las balizas que colocó a unos cuantos metros detrás de su auto.
A pesar de tener los cinturones de seguridad colocados se habían golpeado fuertemente contra las puertas. A ella le dolía mucho la cabeza pero no encontró sangre al pasar su mano; su amiga estaba inconsciente y no reaccionaba a sus llamados. Vio por primera vez la cara del hombre a través de la ventanilla del lado del volante, ya tenía un celular junto a su oreja. Dio la vuelta y se acercó a su ventanilla, ella intentó bajarla pero el mecanismo eléctrico no respondió; no pudo mover su brazo derecho para sacarse el cinturón de seguridad, él le hizo un gesto de calma y le sonrió. Aún recuerda esa sonrisa, fue como una inyección de tranquilidad. Terminó de hablar por el celular e intentó abrir la puerta, no pudo, el techo aplastado lo impedía. “Tranquila, ya vienen la ambulancia y los bomberos”, le dijo sin dejar de sonreír. De repente su expresión cambió, miró al piso en la parte trasera del auto y luego a ella, quien no alcanzó a entender lo que estaba sucediendo pero se alarmó, más aún cuando lo vio correr hacia su auto. Un fuerte olor a nafta comenzó a inundar el interior. Intentó desesperadamente mover su brazo para desabrocharse el cinturón sin pensar que aunque lo lograra no podría salir. Él había vuelto y estaba rociando el piso con un matafuego. Nos vamos a quemar vivas, pensó y gritó socorro con un grito gutural y desgarrador que le raspó la garganta. “Tranquila, tranquila, ya pasó el peligro”, le gritó él, pero esta vez la sonrisa era forzada y no la tranquilizó. “Sacame de acá, por favor, sacame ya”. “Tranquila, tranquila, ya llegan los bomberos, no les va a pasar nada”. “No quiero esperar a los bomberos, sacame ya de acá, por favor te lo ruego”, la última parte de la frase la dijo entre sollozos.
El parabrisas era un gran nido de abejas colapsado. Se subió al capot y le gritó: “tapate la cara y mirá para el costado”. Con el primer golpe del matafuego un gran pedazo cayó al interior, luego siguió dando golpes pequeños en los bordes. Metió medio cuerpo adentro y desabrochó el cinturón. En ese momento su amiga recuperó el reconocimiento y gritó al ver un hombre metido a través del parabrisas que tendía sus brazos y decía: “Vamos, agarrate de mí”. “No puedo mover este brazo”. Él se estiró más, miró a la amiga y le dijo: “Tranquila que después te saco a vos”. La agarró de la cintura y comenzó a tirar. Ella gritó de dolor, pero él no se detuvo, una vez que logró que la cabeza de ella estuviera apoyada sobre su hombro izquierdo, soltó el brazo derecho y se impulsó hacia atrás. Sintió un dolor agudo, pero en ese momento no pensó que se hubiera desgarrado el deltoides.
Ya habían parado otros conductores, entre ellos un camionero que le ayudó a completar la extracción. El caso de su amiga era más difícil por el volante. Ya estaba por meterse íntegramente al interior cuando escuchó que el camionero, con una barra en sus manos, le decía: “Esperá macho, voy a probar con esto.” Al segundo intento logró abrir la puerta del conductor y sacarla.
Las dejaron internadas para hacerles una revisión general. A la mañana siguiente, cerca del mediodía, cuando ya habían verificado que no tenía ninguna lesión grave, lo vio aparecer por la habitación con un ramo de flores y esa sonrisa tranquilizadora que nuevamente le infundía ánimos y le borraba la bronca contra el conductor que las había encerrado, un sentimiento rumiante que no había logrado erradicar. Le devolvió la sonrisa y al instante lamentó no estar arreglada, se sentía horrible: despeinada, el maquillaje corrido y probablemente con un gran hematoma del lado derecho. Había querido mirarse anteriormente en el espejo que supuestamente debería estar en su cartera, en una cartuchera junto con los elementos de maquillaje, pero no la había encontrado y no recordaba haberla dejado en su casa o en el estudio. No había nada que hacerle, a pesar de los esfuerzos perdía siempre las cosas momentáneamente para luego encontrarlas en los lugares menos pensados.
Estaba muy agradecida por su gran ayuda y había lamentado no tener ningún dato suyo. Se lo dijo muchas veces, intercalando los agradecimientos con la historia previa al viaje, la elección del lugar para pasar el fin de semana en un recreo en el Tigre que era un lugar demasiado tranquilo para su gusto porque a ella no le gustaba el silencio, agravado por el hecho de que su amiga era muy poco conversadora, pero que al final le había concedido ir a ese lugar porque si hubiera sido por su amiga no irían nunca a ningún lado.
Cuando él pudo por fin decir algo, le contó que había anotado la patente del auto que las había encerrado y que había acordado con el camionero que saliera también de testigo para que ese tipo recibiera su merecido. Se asombró por su actitud y creyó que era también abogado como ella, porque a la gente común no se le ocurre llevar adelante una demanda de ese tipo. Pero no, era el gerente de ventas de una importante multinacional y ya le había enviado los datos al estudio de abogados que llevaba los asuntos legales de la empresa.
Este hombre es un enviado del Señor que finalmente ha escuchado mis ruegos, pensó, y a continuación le dijo: “Ya no tengo palabras para agradecerte todo lo que estás haciendo por mí; por favor, alcanzame la cartera así te doy una tarjeta con mis datos.” “No hace falta, ya los tengo, como así también los de tu amiga y los del auto. Por otra parte, no creo que nunca se te acaben las palabras para ninguna ocasión, pero a mí me gustaría que, a modo de agradecimiento, aceptaras mi invitación a cenar.”
Se ruborizó, era una reacción infantil, pero hasta ese momento no se le había ocurrido que ella le interesara. ¿Qué le había visto?: primero una mujer llorosa y reclamante y ahora una charlatana demacrada. Era una situación insólita. Lo miró por primera vez como a un candidato: tenía buen cuerpo pero su cara no le gustaba, demasiado grande con una mandíbula prominente, los ojos chicos se movían constantemente con una mirada inquisidora que parecían estar buscando siempre algo. Podría haberme invitado a cenar sin necesidad de mencionar mi agradecimiento, ¿qué pretende, cobrarse el esfuerzo?, pensó, necesito conocerlo más.
“¿A qué se debió tu providencial viaje por la panamericana?”, le preguntó sin molestarse por intentar una excusa que demorase la respuesta a la invitación. Él sonrió, sí, quizás había sido un poco apresurado, pero ella lo incitaba a ser protegida, ya la había tenido unos instantes entre sus brazos y el temblor y la tibieza de su cuerpo aún lo excitaba cuando recordaba la sensación. “Volvía a casa”, le mintió, si bien iba en esa dirección, su intención era visitar a su madre que hacía un mes que no veía. “¿Dónde vivís?” “San Fernando.” “Ah, es muy lindo, ¿estás cerca del río Luján? “Sí, a unas pocas cuadras.” “Yo tenía un amigo que era socio del club San Fernando y navegamos varias veces con su velero.” “¿Cómo se llama?” “¿Por qué?” “A lo mejor lo conozco, soy el Presidente del club.” Lo miró sorprendida sin saber por qué. Ella no tenía nada que ocultar, había salido con Pablo durante un año y lo había pasado bien, aunque nunca había surgido una relación profunda. Por otra parte, es un tipo pintón que la había hecho sentir orgullosa. “Pablo Linera”, le dijo, simulando una actitud expectante que no sentía. “Ah, sí, Pablito, lo conozco, buen muchacho, le gustan los deportes pero no competir, por eso nunca corrió una regata ni jugó al fútbol, al rugby ni hablar, claro. Muy pintón, Pablito, muy elegante, muy cuidadoso con la ropa.” Sí, se trataba de una buena descripción, aunque tenía un sesgo peyorativo que no le gustó.
Se quedó callada, estaba incómoda, no le gustaba que las conversaciones se estancaran. No tenía por qué defender a Pablo y él tampoco tendría que haberlo llamado Pablito, después de todo deberían tener más o menos la misma edad. Se quedó mirándola con un esbozo de sonrisa que le torcía la boca, ella miró hacia la ventana. Le habían dicho que al mediodía le darían el alta, en cualquier momento pasaría el médico para decírselo, ¿por qué no viene ya”, pensó.
Silencio.
Él se levantó fue hasta la ventana, miró al cielo, hizo una inspiración profunda y dijo dándose vuelta: “Mirá, te lo voy a decir aunque es bastante obvio, me gustás mucho; a pesar de no tener información sobre vos, siento que te conozco, es una sensación muy fuerte que me sorprendió en cuanto te vi y que aumentó cuando te tuve entre mis brazos. Entiendo que te parezca apresurado que haya venido a invitarte y, quizá, hasta inoportuno. No sabés nada de mí y a vos te gustan los pintones, bueno, como a cualquier mujer, la diferencia está en que vos podés conseguirlos porque sos muy atractiva. En cambio, yo nunca salí con una mujer tan atractiva como vos, no me ayuda la pinta ni tampoco la personalidad. Así que te dejo mi tarjeta para que me llames cuando te citen en el juzgado.”
Lo miró detenidamente, estaba parado frente a ella, con la tarjeta en su mano y el brazo extendido, muy erguido, desafiante aún en su autocompasión, su figura se recortaba nítidamente contra la ventana y le daba un aire imponente. “Entre mis brazos”, le resonó en todo el cuerpo.
“No entiendo cómo te puedo parecer atractiva en el estado en que me encuentro.” Él se sentó en la cama y le acarició suavemente la cara, sonriéndole con ternura. No le molestó el atrevimiento del gesto, tenía una mano grande y suave. Manos y mentón grandes, ¿no será acromegálico?, pensó. “Flor de golpe te diste, pero para mí, aun con ese hematoma y desarreglada como estás, sos muy linda. “Gracias por la insistencia, sos muy amable, pero creo que estás exagerando para que acepte tu invitación.” Sus facciones se alargaron acentuando el tamaño de su formidable cabeza, miró hacia el piso y se levantó. Caminó unos pasos hacia la puerta y se detuvo, en tres zancadas llegó al otro extremo de la habitación; mientras tanto no dejaba de mirar al piso. Ella lo observaba como si fuera la espectadora de una escena teatral y estuviera totalmente inapropiado interrumpir su desplazamiento. Está pensando qué decirme, ¿tanto le cuesta?, pensó ella en un estado de excitación creciente.
La entrada del médico le trajo la relajación esperada. Le daba el alta; a su amiga, debido al desmayo, la retendrían un día más. El médico lo miró como si esperara una presentación, quizá estaba dispuesto a hacer algún comentario circunstancial, la expresión y la postura del cuerpo del hombre lo inhibieron y se despidió con visible incomodidad. “Te espero afuera para llevarte a tu casa”, le dijo con un tono imperativo y salió. Mientras se vestía, pensó en lo insoportable que sería una relación con ese tipo, pero ya había decidido aceptar la invitación porque era lo menos que podía hacer como agradecimiento a toda la molestia que se había tomado.