Esa noche, Henrik Piotrowski dejó su departamento muy apesadumbrado, su mujer, Jagna, podría parir en cualquier momento y él quería estar a su lado, pero era la hora convenida y la tarea no podía postergarse, tenía información muy importante que transmitir.
Se habían conocido en 1918 cuando eran estudiantes de la Universidad de Varsovia, él de letras y ella de arte. Henrik provenía de una familia de la pequeña burguesía con un buen pasar económico, su padre era un médico de renombre, y Jagna era un miembro de la familia Dulski, perteneciente a la “Szlachta zamozna” (nobleza media, propietaria de tierras y siervos pero sin poder político).
Ambos hablaban correctamente francés e inglés y Henrik, además, por su gran facilidad para aprender idiomas, podía leer griego, alemán, ruso y español.
En 1920, los polacos ocupan Minsk (Bielorrusia) invocando antiguos derechos territoriales y la presencia de 4.000.000 de polacos. Por otra parte, a pesar de todavía estar involucrado en una guerra civil, el gobierno bolchevique seguía aspirando a exportar su revolución hacia Alemania y Polonia era el paso adecuado. Lanzó a 950.000 hombres hacia el este, rápidamente hizo retroceder a los polacos de Bielorrusia y penetró en territorio polaco. Hacía unos pocos meses que Henrik había terminado su servicio militar y se alistó como voluntario en el ejército, en contra de la voluntad de Jagna y toda su familia, pero su fuerte sentimiento nacionalista se impuso a todas las trabas, incluso a su propio miedo. Debido a su gran conocimiento en lenguas y capacidad intelectual, fue incorporado a los servicios de inteligencia y tuvo una tarea muy destacada en la detección y descifrado de los mensajes de radio soviéticos que permitió que el ejército polaco estuviera en conocimiento de todos los movimientos de su enemigo e, inclusive, que enviara mensajes falsos que cortaron la comunicación entre los ejércitos del norte y del sur; en gran medida, sumada a las rivalidades entre los tres comandantes soviéticos, Tujachevski, Budionny y Stalin, la victoria polaca en la batalla de Varsovia fue producto de esta labor de inteligencia. Henrik recibió una condecoración y quedó incorporado en el servicio de inteligencia con el grado de capitán.
Ambos terminaron sus estudios en 1924 y al año siguiente se casaron.
El fortalecimiento político-militar polaco motivó que su gobierno decidiera nuevamente invadir Bielorrusia. Durante los próximos años, las tareas de Henrik se concentraron en detectar miembros de organizaciones bielorrusas proscriptas que se oponían a la ocupación polaca. Los encarcelamientos, torturas y ejecuciones de muchos a los que su tarea había permitido detectar, le hicieron entrar en una dolorosa contradicción entre su nacionalismo y el rechazo a toda intervención extranjera en los asuntos internos de un país soberano. Finalmente, en 1937 sufrió un colapso nervioso que lo dejó inactivo durante un año. Cuando se reincorporó pasó a hacer tareas administrativas de poca relevancia.
Polonia había firmado tratados militares con Inglaterra y Francia con el objetivo de contrarrestar la amenaza alemana. Henrik conoció a un inglés de nombre Robert (tan ficticio como su actividad de consejero económico) que era un espía asignado a Polonia para recabar información sobre posibles acuerdos secretos entre ese país y la Unión Soviética.
Robert era un hombre culto, de modales y gustos refinados, amante del arte y la literatura. Rápidamente, se hicieron amigos y compartieron numerosas veladas con Jagna y otros amigos.
El 1º de setiembre de 1939 los nazis invadieron Polonia y 16 días después, sobre la base del pacto secreto Molotov-Ribbentrop, lo hicieron los soviéticos. Robert lo había anticipado y venía tratando de convencer a Henrik de que el mejor lugar para luchar contra ambos enemigos no era Polonia, sino Francia, desde donde podría hacer tareas de inteligencia cuando Alemania la invadiera, algo que también daba por descontado. Al producirse las invasiones alemana y soviética, Henrik aceptó, nuevamente en contra de la opinión de Jagna que estuvo a punto de abandonarlo. Los ingleses les consiguieron pasaportes falsos a nombre de Charles Maunoir y Madelaine Dubois y les inventaron un pasado en el registro nacional de las personas. El perfecto manejo del francés que ambos tenían generaba el marco de credibilidad indispensable para insertarse en la sociedad parisina.
Cuando el 10 de mayo de 1940, Alemania invadió Francia destrozando la ampulosa e inservible línea Maginot, Henrik ya tenía su radio transmisor y las instrucciones necesarias para cumplir su tarea. Le habían conseguido un puesto de periodista para el diario “Le Courrier de l’Air”, tarea ideal para poder viajar por todo el país sin despertar sospechas.
Después del armisticio, el gobierno de facto de Petain se instaló en Vichy, declarada la capital de la zona libre de Francia, sobre la cual los alemanes no tenían interés porque habían concentrado sus tropas a lo largo de todo el litoral Atlántico, desde Dunquerque hasta la frontera con España, con la idea de preparar la invasión a Inglaterra.
Los ingleses habían establecido, con anterioridad a la invasión, contactos en cinco poblaciones pequeñas del litoral más cercano a Inglaterra, Gravelines, Marquise, Étaples, Le Tréport y Fécamp, que supusieron que estarían menos vigiladas que grandes ciudades como Calais o L’Havre. La tarea de Henrik consistía en recibir personalmente información de esos contactos sobre el número, armamentos y movimientos de las tropas alemanas y transmitirla a Inglaterra desde París en ciertos días y horarios preestablecidos.
Después de diecisiete años de casados, cuando ya habían perdido las esperanzas de que pudiera quedar embarazada, Jagna le dio la sorprendente noticia: por segundo mes consecutivo no había tenido la menstruación. Era una fría y gris mañana de enero de 1942 y se abrazaron al calor de esa ilusión renovada, iluminados por lo que consideraron una bendición del señor. El doctor Duchamp confirmó el diagnóstico casero y se estableció una fecha preliminar para los primeros días de agosto.
Esa noche de agosto de 1942, el periodista Charles Maunoir armó su radiotransmisor con un gran esfuerzo de concentración, su mente viajaba insistentemente hacia su departamento, a unos mil metros de la buhardilla que utilizaba para transmitir los mensajes. Desde hacía una semana se estaba produciendo una gran concentración de blindados y tropas a 20Km de Calais, incluyendo artillería pesada.
El equipo era de 20Kw y 100Mhz, la transmisión sólo podía llegar a Londres de noche, siempre y cuando no hubiera fenómenos atmosféricos adversos.
A las 21 horas de París en punto, Henrik comenzó la trasmisión, no había buena recepción y repitió el mensaje introductorio. Faltaban varias ventanas, la corriente de aire frío le calaba los huesos, aunque el temblor creciente de sus manos lo atribuyó a los nervios, más intensos que de costumbre. ¿Cómo estará Jagna?, ya quería estar de regreso pero seguía sin tener respuesta. Sabía que los alemanes permanentemente recorrían las calles con autos que tenían antenas receptoras y, si bien necesitaban hacer una triangulación para detectarlo ̶ algo no sencillo de concretar ̶ siempre estaba el peligro latente de que, cuanto más tardara, tanto mayor sería.
De repente escuchó un llanto intenso de bebé, como si proviniera desde dentro de la buhardilla. Instintivamente, se levantó y lo buscó, sin pensar siquiera por un instante en la posibilidad de que fuera cierto: ¿un bebé abandonado que de repente empezara a llorar? Buscó con la linterna iluminando cuidadosamente todos los sectores. “Estoy muy nervioso, empiezo a imaginarme cosas”, se dijo y volvió a intentar la transmisión. Repitió el mensaje introductorio y escuchó una débil voz que le daba comienzo a la transmisión.
Estaba enviando la información sobre la concentración de tropas alemanas cerca de Calais cuando escuchó nuevamente el llanto del bebé, casi un grito, sonidos espasmódicos que lo atravesaron como agujas. A duras penas pudo terminar de enviar el mensaje y, en lugar de esperar la confirmación de la recepción, se levantó bruscamente y comenzó a bajar las escaleras porque el llanto parecía ahora provenir desde la planta baja. No estaba pensando en lo que hacía, se sentía poseído, ese llanto lo atraía con una fuerza irresistible. A medida que bajaba parecía alejarse y eso le aumentaba la desesperación. Cuando llegó a la calle, el llanto lo dirigió en dirección hacia su departamento. Habría caminado unos cien metros cuando escuchó las bruscas frenadas de varios vehículos y voces de mando en alemán. Unos instantes después el llanto desapareció.
Comenzó a caminar pegado a las construcciones atenazado por el temor de que lo interceptaran para preguntarle de dónde venía. Recién cuando estaba fuera del alcance visual de los alemanes se lamentó por la pérdida del transmisor.
Al llegar a su departamento, la sonrisa de felicidad con que lo recibió la partera hizo que se precipitara al dormitorio: André reposaba en brazos de su madre.