La diferencia fundamental entre todos los sistemas sociales que han existido a lo largo de la historia y el comunismo, es que éste enfrenta la paradoja de que tiene como objetivo algo que necesitaría previamente para poder establecerse exitosamente: la existencia del “hombre nuevo”. (El uso de este significante constituye un homenaje al Che, sin ánimo de ofender a las feministas.) El “hombre nuevo” es aquel que tiene como meta de vida el reconocimiento por sus méritos sociales, que consisten en ayudar y ser solidario con todo aquel que lo necesite.
El reconocimiento lleva implícito, inevitablemente, el establecimiento de jerarquías. En las organizaciones sociales primitivas, basadas en la recolección y la caza, las jerarquías se establecían por la mayor capacidad física e intelectual de sus miembros que resultara en el beneficio del conjunto. A partir del desarrollo de la agricultura y la ganadería, con la consecuente acumulación del excedente alimentario, se produjo un cambio drástico: la posesión de tierras reemplazó a la capacidad de beneficiar al conjunto como causa de jerarquización. De esa manera, quedó determinada la pirámide social que llega hasta nuestro presente, donde la jerarquización de los individuos no está regida por los méritos sociales, sino por sus posesiones y, consecuentemente, la búsqueda de reconocimiento quedó definitivamente asociada a la búsqueda de riqueza, como el medio indispensable para ascender en la escala jerárquica del poder.
No es el capitalismo quien origina la pirámide como forma de organización social, es muy anterior. Por esa razón, la estatización de los medios de producción no generó una transformación de los individuos en “hombres nuevos”, sino que generó una jerarquización basada en una nueva estructura de poder donde la posesión estaba reemplazada por los cargos directivos (aunque también hubo acumulación de riqueza), sin posible vinculación con los méritos sociales que los mismos podrían representar.
Para decirlo más claramente, la pirámide social es una matriz milenaria que se generó en función de la posesión de tierras pero que posteriormente quedó establecida como una estructura de poder. A esa matriz, que está impresa en el bagaje cultural de los individuos, las revoluciones “comunistas” incorporaron a sus pueblos sin poder transformarla, con las conocidas consecuencias del abandono de la búsqueda de la igualdad y sus claudicaciones capitalistas.