La llamada de su hija Laura lo sobresaltó en el momento de una sobremesa apacible, como preludio de la continuación de la lectura de una novela de Mankell, que prometía otro tipo de sobresaltos. “Estamos encerrados en la pieza porque Oldo quiere entrar para atacar a la pobre Ter que está aterrorizada debajo de la cama.”
Oldo es un gato siamés y Ter es una gata tricolor del tipo barcina. Convi-vían desde hacía varios años y la relación entre ellos siempre había sido muy armónica, hasta dormían juntos, ovillados en una mata de pelos esponjosa cuya visión enternecía.
El contraste entre esa realidad y la frase anterior, entrecortada por un sollozo angustiante, le generaron, luego del impacto inicial, una confusa sensación de descreimiento, donde la carga humorística de la situación ̶ encerrados por un gato ̶ pugnaba con el indudable dramatismo del tono de su hija.
Estaban encerrados porque el gato emitía sonidos, nunca antes escuchados, que sonaban terriblemente amenazadores y temían que, si abrían la puerta, entrara para atacar nuevamente a la gata.
Lo que agravaba la situación y constituía el probable detonante del enfrentamiento gatuno era la aparición del bebé. Laura había parido, tan solo diez días atrás, un hermoso varón, su primer hijo y primer nieto también de ese padre que ahora enfrentaba una situación inédita.
Todo había comenzado unas horas antes. Una pareja de amigos los había visitado con una nenita de año y medio que, como perseguía a los gatos para jugar, los habían encerrados en un balcón con puerta ventana con la idea de prevenir una reacción agresiva de ellos y, también, para preservarlos del desbordante cariño de la criatura. Mientras Laura continuaba con el amamantamiento del bebé y la charla entre los cuatro fluía tranquilamente, la nenita, frustrada por el impedimento del juego, golpeaba el vidrio de la puerta del balcón gritándoles furiosamente algunos términos ininteligibles, provocando un lastimoso maullido a dúo de los gatos. Como lo que habían creído que era una solución se había transformado en un problema mayor, Javier, el esposo de Laura, decidió abrir la puerta del balcón, y ese fatídico instante se transformó en un remedo de la apertura de la caja de Pandora. En lugar de irse a refugiar debajo de un sillón o aceptar su triste y circunstancial destino de ser perseguidos por ese pequeño cachorro humano, el gato atacó furiosamente a la gata. Un ovillo de pelos y sonidos terroríficos comenzó a trasladarse por el living rebotando contra los objetos y pasando peligrosamente cerca de las personas. Laura se refugió en un rincón protegiendo a su bebé entre sus brazos y gritándole a Javier que los separara. La madre alzó a la nenita, su esposo abrazó a ambas y Javier intentó separarlos, infructuosamente, porque lo único que consiguió fueron tremendos arañazos y mordidas en las manos y brazos. Las exclamaciones de estupor y alarma de los cuatro amigos se superponían con los sonidos estridentes de las fieras. De repente se hizo una tregua, separados por un par de metros se miraban agazapados con las orejas plegadas a las cabezas y diferentes expresiones amenazantes: mientras ella mostraba los dientes haciendo ese sonido característico de “g” gutural, él emitía un maullido ronco y prolongado. Los visitantes aprovecharon la oportunidad para despedirse apresuradamente y marcharse.
Laura adora a sus gatos, les habla, los mima y hasta los besa. No podía salir de su tembloroso asombro. Le pasó el bebé a Javier y le dijo que subiera a la habitación, ella los calmaría, estaba segura de que se había tratado de un brote de estrés momentáneo. Detrás de él subió corriendo Ter; Oldo intentó seguirla pero Laura se interpuso con un NO imperativo. Se agachó y comenzó a hablarle cariñosamente; aunque sus palabras se referían a un reto por lo que había hecho, el tono de su voz era calmo. Oldo no había cambiado su actitud, la miraba fijamente con sus orejas plegadas y el sonido amenazante. Estaba a un metro, se movió lentamente hacia él, mientras lo llamaba con el mismo tono de voz con el que sólo unos minutos antes se había dirigido a su bebé. A pesar de las señales en contrario, extendió sus brazos para agarrarlo, Oldo le tiró un zarpazo que le dejó un instantáneo surco sangriento en el brazo y corrió escaleras arriba. Javier, previsoramente, ya había cerrado la puerta corrediza que comunica con la planta alta; el grito de advertencia de Laura no era necesario, pero fue demostrativo del renacer del miedo y la incredulidad. Al subir sólo unos escalones Laura se enfrentó con la misma actitud de Oldo, pero potenciada, miraba hacia la puerta y hacia ella alternativamente sin dejar de emitir su amenaza, ahora más fuerte, más enloquecedora. Laura comenzó a llorar, se quedó paralizada unos instantes hasta que escuchó el llanto de su bebé, tenía que terminar de alimentarlo, el gato se interponía en su camino, el arañazo le había empezado a doler mucho y no se iba a exponer a un nuevo ataque. Fue a buscar el cepillo de barrer para hacerlo bajar, primero con suavidad, luego, muy a su pesar, tuvo que darle un golpe fuerte para imponerse.
En la habitación se sintieron a salvo, a pesar de que unos pocos segundos después volvieron a escuchar los atemorizantes sonidos del gato. Había que calmarse. Javier le pasó el bebé para que siguiera amamantándolo, se recostó junto a ella en la cama y la abrazó, acompañando su actitud con palabras tranquilizadoras. Los nervios se habían transmitido al bebé porque lloraba y no se prendía correctamente al pezón. Mientras Laura le hablaba cariñosamente y le acariciaba la cabeza para tranquilizarlo, Javier le cantaba una canción de cuna enternecedora. La gata se había metido debajo de la cama. Estaban todos a salvo, encerrados en la habitación, pero a salvo. Afuera, la amenaza incomprensible seguía expresándose sin pausa.
Después de una hora, durante la cual el bebé había logrado amamantarse y se había quedado finalmente dormido, Laura hizo catarsis y explotó en un llanto incontenible. La angustia le aprisionaba el pecho y le dificultaba la respiración. Sus dos gatos, sus dos amores, grandes compañeros de su soledad antes de conocer a Javier, ahora se odiaban y se querían matar y ella no podía hacer nada para evitarlo.
Sin embargo, tal como su padre se dio cuenta rápidamente durante la llamada, la angustia tenía otro origen. Lo anterior le producía una gran tristeza y el llanto era comprensible, pero eso que sentía, esa terrible y desgarrante sensación en el plexo, a la que correctamente había definido como angustia, era el miedo inconsciente a que atacaran a su bebé, era el miedo a lo innombrable, lo imposible, lo inimaginable. Por eso estaban encerrados y no atinaban a otra cosa, la protección a la gata era cierta, pero en la profundidad de sus mentes se sentían indefensos frente a un ataque artero y sorpresivo de ese gato que continuaba emitiendo esos sonidos aterrorizantes.
El padre aceptó inmediatamente el pedido de acudir para ayudarlos a resolver la situación. También él creía que se había tratado de un brote y que los gatos no tardarían en retornar a su relación habitual.
Durante la espera de su llegada, Laura había llamado a una veterinaria, quien le había dado el número telefónico de una especialista en conductas felinas. Lamentablemente, ésta última no podría atenderla hasta el día siguiente.
El padre abrió las puertas con sus llaves y al llegar al pie de la escalera el gato se arqueó amenazadoramente, parecía decirle que si daba un paso más lo atacaría. La primera reacción fue de miedo, después la bronca se abrió paso y ya estaba dispuesto a darle un patadón heroico, cuando Javier le echó desodorante por debajo de la puerta con un spray y provocó su indecorosa huida.
La idea que había pergeñado durante el viaje era que tenían que salir de esa situación de encierro tan angustiante, ir a la planta baja y esperar a que bajara la gata para ver cómo se desarrollaba la situación. Seguía convencido de que se llegaría a un equilibrio rápidamente.
Así lo hicieron, se sentaron en el living y comenzaron a tomar mate. Durante la charla, quedó bien en claro que, en ningún momento, Oldo había evidenciado alguna actitud amenazante hacia el bebé y que, por lo tanto, si bien no se trataba de dejarlo solo a su alcance, había que relajarse y circunscribir el sentimiento a la pena que producía verlos pelearse.
Lógicamente, también apareció la interpretación sobre lo sucedido. Aunque la reacción de los gatos ante la llegada del bebé había sido pacífica, lo ha-bían olido un rato y luego ignorado, resultaba evidente que se habían sentido desplazados en la atención y el cariño de Laura. La agresión de la nenita había exacerbado su inquietud y el gato, siempre el de comportamiento más agresivo de los dos, en lugar de atacar a la nenita o a cualquiera de los otros humanos, había descargado su odio sobre la pobre gata. Le resultaba intolerable compartir el cariño de su ama con otro congénere, ya bastante con que tuviera que hacerlo con ese cachorro humano, berreante y fastidioso. Una sorprendente reacción humana: la proyección del odio sobre otro destinatario, en lugar del verdadero.
Al rato, apareció Ter y apenas la vio, Oldo emitió nuevamente sus sonidos amenazantes, que fueron correspondidos por ella, aunque se mantuvieron a distancia. De cualquier manera, pareció que el hecho de permitirle compartir el momento con todos ellos, sin dejarlo fuera de la habitación como antes, lo había tranquilizado un poco.
Cenaron tranquilamente y hubo acuerdo con la idea de que no le permitirían a Ter que subiera a dormir con ellos. Los gatos se quedarían solos abajo y ninguno bajaría a intervenir si se desatara alguna pelea.
El padre se fue contento de haber intervenido y ver a Laura tranquila y agradecida por la ayuda, sin dejar de reconocer que seguía preocupada por lo que pudiera suceder.
Esa noche, entre los llantos del bebé y las peleas gatunas en la planta baja, casi no pudieron dormir. El miedo a que se dañaran seriamente, le impidió a Laura cumplir con lo acordado y bajó un par de veces para gritarles que se separaran; si bien se abstuvo de intervenir físicamente, logró su cometido.
La veterinaria dio una interpretación más racional y menos “psicologista”. Los gatos son animales muy territoriales y tienen tres tipos de glándulas para marcar su territorio: temporales y periorales en la cabeza y caudales cerca del año. El estrés causado por la llegada del bebé les habría bloqueado las glándulas y, consecuentemente, habrían desconocido el territorio que compartían. Ambas interpretaciones no eran incompatibles, aunque, lógicamente, la de la veterinaria tenía una base científica. Les pudo destapar las glándulas caudales, les recetó un alimento con sedante natural y les aconsejó paciencia, en unos poco días más se restablecería el equilibrio.
Después de dos noches más de peleas intermitentes y consiguientes insomnios, los nervios de Laura no aguantaron más.
Ter está feliz, aunque transitoriamente, alojada en la casa del padre, que ha establecido una muy buena relación amorosa con la gata. No hay un plazo para su regreso, pero Laura no pierde las esperanzas de que el alimento haga su efecto y pueda nuevamente convivir con sus dos amores gatunos.