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Escritos de narrativa, teatro y análisis

Gérmenes del cambio

A lo largo de la historia los cambios socio-políticos estuvieron siempre precedidos por cambios en la estructura económica. En la primera etapa de las civilizaciones, el esclavismo constituía el mecanismo fundamental de toda la producción de bienes y servicios. Como consecuencia, la pirámide social estaba fuertemente estratificada: en la base los esclavos y siervos y en la cúspide los reyes, la nobleza y los sacerdotes. La expansión territorial, en permanente disputa con otros reinos, estuvo asociada a la necesidad creciente de mayores tierras de cultivo y al incremento del número de esclavos o, en su defecto, al cobro de tributos para seguir engrosando las arcas del Estado, en permanente sangría por el creciente gasto militar.

            Esta etapa se terminó con la caída del imperio romano que, sin bien tiene una fecha establecida en el 476 con la toma de Roma por los Hérulos, su deterioro comienza unos 200 años antes, cuando los ingresos del Estado no pudieron seguir solventando los gastos militares y necesitaron recurrir a una inflación encubierta, que consistió en aliar el denario de plata con estaño. Esta crisis se fue agudizando año tras año y, con pocas etapas de bonanza, se expresa como un éxodo de pobres desde Roma hacia otras tierras cada vez más lejanas, donde pudieran cultivarlas para poder sustentarse, debido a la escasez y carestía de los alimentos. Por lo general, estas tierras ya tenían dueños, los jefes militares de los territorios subordinados o en disputa con Roma. De esta manera, se fue estableciendo una relación entre el dueño y los labradores que debían pagarle un tributo por el uso de la tierra. Por otra parte, las  legiones de soldados romanos, que no podían ser sustentadas por Roma, quedaron varadas en los territorios del imperio. Ambos hechos configuraron el germen del feudalismo. Desapareció el esclavismo para dar origen a los señores feudales con sus ejércitos personales y los siervos que estaban bajo su protección mediante el pago de la gabela. Durante el feudalismo, el régimen monárquico podría considerarse como una sub-etapa porque  surge como una solución a las peleas entre los señores feudales que conspiraban contra la integridad territorial: la creación de un ejército nacional y el acuerdo entre ellos para el nombramiento de un rey. Sin embargo, la estructura económica siguió dependiendo de la explotación de la tierra a través de los siervos y, por lo tanto, la composición de la pirámide social no sufrió variaciones significativas.

            La relativa mayor tranquilidad por la creación de fronteras nacionales custodiadas por el ejército, permitió el asentamiento, en los territorios feudales, de aldeas con un número creciente de habitantes que no labraban la tierra, sino que ejercían diversos oficios, necesarios para la provisión de armas, telas, calzados, etc. La conquista de América, con la consecuente expoliación de sus riquezas, constituyó la base para una gran expansión en la fabricación de mercancías y su intercambio por el mundo. Las aldeas fueron creciendo y se transformaron en burgos, habitadas por mercaderes, comerciantes, artesanos y soldados.

            El precio de los alimentos, sufría un fuerte gravamen ocasionado por la renta parasitaria de la tierra que recibían el rey y los terratenientes (principalmente la nobleza, pero también propietarios enriquecidos por el comercio). Por otra parte, la expansión del comercio generó un aumento de la necesidad de mano de obra en la fabricación de mercancías. Los fabricantes veían condicionadas sus ganancias por los mayores salarios que debían pagar debido a ese gravamen. Eso generó una fuerte contradicción entre los mismos y los terratenientes, resuelta drásticamente en la Revolución Francesa, primera manifestación política triunfante de la nueva clase ascendiente: la burguesía. En realidad, la institucionalización del sistema capitalista demoraría varias décadas. En particular, en Francia se consolidó recién después de 79 años, ya que durante ese lapso existieron 2 Repúblicas, 3 monarquías constitucionales y 2 imperios. Esta inestabilidad política fue producto de la resistencia de los terratenientes, pero también de las revuelas obreras de 1848 y 1870 (Comuna de París). A partir de 1871 se instaló la Tercera República, que duró hasta la ocupación nazi de 1940. En el resto del mundo la situación siguió rumbos diferentes, pero puede decirse que a partir del comienzo del siglo XX, salvo los casos de Rusia, China y Japón, todos los países estaban gobernados por Estados hegemonizados por la burguesía, ya sea como Repúblicas o monarquías parlamentarias.

En términos genéricos, el sistema está constituido por dos clases antagónicas, la burguesía y los obreros, con varios sectores intermedios, y funciona alrededor del Mercado, lugar donde confluyen los bienes y los compradores. Este cambio en la estructura económica produjo también una recomposición en la pirámide social, donde el reemplazo de la nobleza por la burguesía arrastró también al fortalecimiento de sectores intermedios de servicios, que adquirieron nuevas posiciones relevantes. Lo que quedó en la base, como siempre, fue la mano de obra, antes esclavos y siervos, ahora obreros.

Existe una fuerte relación entre la estructura económica y la ideología. Los cambios producidos en la primera indujeron a una clara diferenciación en la ideología imperante en el esclavismo y el feudalismo por un lado y el capitalismo por el otro. En los dos primeros sistemas, fue la religión el aspecto hegemónico, los emperadores y los reyes tenían un mandato divino, más intensificado en el feudalismo a partir de la expansión y consolidación del cristianismo como fuente de poder en Europa. La pirámide social se sostenía firmemente mediante este mecanismo de subordinación a la clase dominante, constituida por la nobleza y el clero, con los demás sectores resignados al papel que les correspondía según su posición social de nacimiento. El brusco cambio en la estructura económica del capitalismo generó también un cambio drástico en la ideología. La religión quedó relegada por la existencia de una creencia muy arraigada en nuestras sociedades: la movilidad social. Todos los habitantes tienen el derecho constitucional a un mejoramiento de sus condiciones de vida a partir del esfuerzo individual, donde el mejoramiento implica, fundamentalmente, una mayor capacidad de consumo en el Mercado. A pesar de que sólo puede cumplirse –relativamente porque hay un límite− para algunos sectores intermedios, la creencia obra como un magnífico impulsor del dinamismo del sistema. Se trata de una feroz lucha individual de todos contra todos.

Si bien el Mercado no es una creación del capitalismo, ya que existía en los burgos durante el feudalismo, lo que hizo el sistema fue intensificarlo y expandirlo a nivel mundial. El concepto “Mercado Mundial” es inherente al capitalismo, no puede concebirse su funcionamiento sin la existencia del mismo.

            Se entiende, entonces, por qué los pasajes del esclavismo al feudalismo y de éste al capitalismo fueron precedidos por cambios paulatinos en la estructura económica, que pueden ser considerados como sus gérmenes.

            Hoy está claro que el sistema capitalista es una amenaza terrible para la supervivencia de la especie humana: no solo es el causante de la miseria de millones de personas, sino que también es responsable del creciente deterioro ambiental del mundo. No hay límite para su voracidad, hasta los seres humanos son considerados recursos. Surge así una pregunta inevitable: ¿es posible percibir gérmenes de un cambio en la estructura económica que auguren una superación del sistema capitalista? Y si no es así, ¿cuáles serían los cambios que debieran fomentarse para ello?

 Por lo pronto, las experiencias de las dos grandes revoluciones socialistas demuestran que el traspaso de los medios de producción al Estado, no garantiza un cambio hacia la igualdad entre los seres humanos y la defensa del planeta. Lo que ambas revoluciones mantuvieron en común con los regímenes capitalistas fue la existencia del Mercado. En ese sentido, la gran concentración fabril con su consiguiente aumento de mano de obra, crecimiento de las ciudades y despoblamiento del campo también siguieron cambios paralelos. Entonces, más allá de que dejara de existir la burguesía, la estructura económica fue la misma y su representación paradigmática es el Mercado. Es cierto que en ambas revoluciones existieron intentos permanentes de lucha contra la ideología burguesa, pero los obreros seguían igualmente alienados en las fábricas, distanciados de lo que producían para el Mercado, sin poder disfrutar plenamente del esfuerzo de su trabajo, aunque estuvieran inmersos en una prédica constante sobre el valor del esfuerzo colectivo para beneficio de toda la comunidad. Más allá de otras razones de carácter político, ¿podría haber habido un cambio ideológico cuando la matriz de la estructura económica permaneció intacta?

Entonces, pareciera ser que, siguiendo este razonamiento, la existencia del Mercado es un obstáculo insalvable para la transformación del sistema capitalista en otro más favorable a la supervivencia de la especie. La gran producción de bienes que confluyen al Mercado Mundial para incentivar el consumo de los mismos, a un nivel de exacerbación creciente por una parte significativa de la población mundial, sólo puede conducir a un destino calamitoso.

En realidad, existe una relación dialéctica entre la estructura económica y la superestructura, compuesta por la ideología más las leyes e instituciones políticas. En ese sentido, puede interpretarse que existieron cambios ideológicos que a su vez intensificaron el desarrollo del capitalismo: los pensadores de la Ilustración con sus valores de libertad, igualdad y fraternidad y la ética protestante, en la cual la predestinación está asegurada por el éxito monetario. ¿Pueden detectarse hoy en día ciertos cambios ideológicos en algunos sectores minoritarios de la población mundial que apunten hacia cambios en la estructura económica? La lucha ecológica por la defensa del medio ambiente y la concepción filosófica del “buen vivir” son 2 ejemplos representativos que se complementan estrechamente. La preservación de los recursos naturales con la reducción de la emisión de dióxido de carbono solo puede conseguirse con una drástica reducción en la producción de bienes de consumo superfluo, que coincide con la prédica de una forma de vida que armonice con la naturaleza mediante el consumo de solo lo necesario. La creación de pequeñas comunidades en distintos lugares del mundo, sustentadas por esa concepción del “buen vivir”, que son solo dependientes del Mercado en pequeña escala, podrían ser consideradas como gérmenes del cambio del sistema.