El mar rompía furiosamente contra el muro de la costanera. La espuma se elevaba sobre su cabeza y, a veces, las ráfagas del viento salpicaban su cara, disminuyendo más aún la temperatura de la piel, sensación que, sin embargo, no registraba. Tenía la mirada perdida en el horizonte que se fundía en un cielo gris y tormentoso. Apoyado sobre los codos en la baranda, la cabeza se hundía entre los hombros, la espalda se encorvaba y todo su cuerpo parecía estar encogiéndose paulatinamente. No había peatones en esa gélida tarde invernal y algunos autos aminoraban su marcha para que sus ocupantes observaran e hicieran comentarios sobre esa extraña figura solitaria: ¿un borracho, un loco o acaso un suicida potencial?
Andrea escuchó a sus padres y, aunque no estuvo de acuerdo, no dijo lo que pensaba: para ella se trataba de un pobre hombre enamorado que escondía sus lágrimas y buscaba el consuelo frente al mar tormentoso, único paisaje que podría expresar su estado de ánimo.
Hacía muy poco que había pasado por una situación así; después de 5 años de noviazgo y en medio de los preparativos de casamiento, su novio había roto el compromiso con explicaciones vagas y condescendientes, en lugar de ser sincero y decirle lo que ella descubrió que era la verdad: ya no la quería. Sus padres habían ideado ese viaje repentino para tratar de distraerla, como si se tratara de una adolescente que no pudiera enfrentar el dolor sin compañía, y ella había accedido por ellos, para no aumentar su terrible decepción con una negativa que los habría dejado más impotentes que antes.
El semáforo en rojo actuó como un detonante, se bajó del auto sorpresivamente diciéndoles que tenía ganas de caminar, sin darles tiempo a que rezongaran. No tenía una idea clara sobre lo que haría, pero el hombre solitario la atraía con fuerza irrefrenable. Faltaban pocos metros para llegar y seguía caminando junto al cordón; pasó frente a él sin dejar de mirarlo, paró, miró hacia atrás como si temiera que su madre la hubiera seguido y comenzó a acercársele lentamente, con plena consciencia de lo insólito de su proceder. Se apoyó en la baranda a poca distancia del hombre, la mirada directa y vacía hacia el mar, la atención de reojo sobre él. No hubo reacción, pero ella no se atrevía a hablarle, le pareció que sería irrespetuoso interrumpir su meditación. Observó que tenía algo entre sus manos, era como una caja de zapatos pequeña.
Pasaron varios minutos, comenzó a sentir frío, el aire se le colaba por el cuello y las mangas de un abrigo inadecuado para esa situación. Sólo podría aguantar poco tiempo más. “Perdone señor”, le dijo en un tono bajo y temeroso. La expresión del hombre la conmovió al punto de no poder decir lo que había pensado, los ojos enrojecidos irradiaban una furia insana, la boca era una mueca de impotencia y resignación. La siguió mirando sin pestañear ni hablar varios segundos más. Se sintió acorralada entre el miedo y la sensación de desamparo que le transmitía, su mirada la atraía pero al mismo tiempo le impedía hablar. Dejó de mirarla y recién entonces pudo continuar su frase: “¿puedo ayudarlo en algo?” El hombre se irguió y pareció que la miraba por primera vez, sus ojos recorrieron la cara de Andrea como si la estuvieran escaneando. “¿Quién sos?, no te conozco”, dijo con un fastidio no disimulado. “Perdone, no quise molestarlo”, y a pesar de que sintió que debía irse no se movió, sino que giró la cabeza hacia el mar para mirarlo por primera vez: el ruido como un murmullo envolvente, el olor tan característico y penetrante, las olas que golpeaban el muro y enfrentaban a la siguiente en choques espumosos y atemorizantes generaban un espectáculo fascinante y sobrecogedor a la vez; ahora era ella la que sentía lo que había imaginado para el hombre.
Su voz la sobresaltó: “¿Por qué creíste que podrías ayudarme?” Los ojos aún transmitían enojo, pero la boca se había suavizado. Le contestó con sinceridad y vergüenza: no lo sabía, había sido un impulso, lo había visto tan solo ahí con ese frío… Él se quedó mirándola en silencio: ¿era un alma caritativa o estaba loca? Su expresión transmitía ingenuidad y desamparo, como el que sentía él, un desamparo total y desesperante, absorbente y devorador. Nadie podría ayudarlo, ni darle consuelo, nadie podría cambiar la tragedia, no quería ser grosero, pero ella tendría que entenderlo. “¿Sabés lo que había en esta caja?” No, claro, cómo podría imaginarlo. “En esa caja estaban las cenizas de mi esposa.” Andrea miró la caja, se asomó ligeramente para mirar el mar, miró la cara del hombre y sintió un escalofrío que acentuó lo que ya sentía cada vez más. “Perdonemé”, le dijo temblando. “¿Todavía seguís pensando que me podés ayudar?” Estaba siendo cruel y lo sabía, podría haber dicho cualquier otra cosa para que se fuera, pero no era eso lo que quería, la quería retener para que ella lo compadeciera y no supiera qué hacer, para que sintiera aunque sea parcialmente lo que él sentía, para descargar la furia que había acumulado durante meses y que hasta que no se disipara no podría resignarse. “Le detectaron un cáncer de pulmón y murió a los tres meses después de sufrir espantosamente quimioterapias crueles e inservibles”.
Andrea estaba congelándose, por dentro y por fuera, no había lugar para la compasión, estaba petrificada ante un espectáculo horroroso, ni siquiera tenía fuerzas para irse. Había empalidecido súbitamente y temblaba sin control. Él sintió un ramalazo de ternura por esa pobre chica desquiciada, por primera vez en tres meses surgió algo diferente a la furia y desesperación: “Estás muerta de frío, andate antes de que enfermes”, le dijo tocándole el hombro suavemente. Andrea estalló en un llanto y lo abrazó repitiendo entrecortadamente: “Perdonemé señor, perdonemé”. El hombre sintió rechazo y quiso separarse, pero ese cuerpo tembloroso y pequeño se aferraba a él como en un salvataje desesperado; entonces, la abrazó y comenzó a llorar él también.