Había una vez una mujer que amaba la lectura con gran pasión. No es exagerado decir que no podía pasar más de dos o tres días sin que encontrara el tiempo para avanzar en la lectura del libro que estaba leyendo ocasionalmente. Si no podía hacerlo durante el día porque trabajaba mucho, trataba de hacerse un lugarcito antes de dormirse, acomodada contra el respaldo de su gran cama solitaria.
Durante muchos años, hubo un libro muy importante para ella que ocupó un lugar destacado sobre su mesita de luz. A pesar de leer de vez en cuando otros libros, siempre volvía a su libro amado, releyendo aquellas partes que tanto la habían impresionado.
Sin embargo, un día se cansó, ya no le resultó atractivo tenerlo allí, tan al alcance de su mano, y lo colocó en un estante de su biblioteca. Sintió que era un libro de su pasado por el cual siempre sentiría un afecto especial, pero que ya nunca más volvería a leerlo.
Aparecieron otros libros interesantes, pero no llevó ninguno a su mesita de luz. Los dejaba sobre cualquier otro mueble de la casa y, si quería leerlo por la noche, se lo llevaba a la cama para dejarlo nuevamente a la mañana siguiente sobre otro lugar, inclusive en un estante de la biblioteca.
Hacía muchos años que conocía la existencia de un libro cuyo contenido le había parecido muy atractivo. Por una circunstancia u otra nunca lo había comprado. Un día, mientras buscaba un libro en una biblioteca pública, lo encontró a la altura de sus ojos en un estante polvoriento, y lo pidió prestado. Inmediatamente, supo que era la clase de libro que se llevaría a la mesita de luz para saborearlo todas las noches. Sin embargo, el recuerdo de aquella repetición que había terminado en el hastío, la retuvo. Ese libro nunca sería enteramente suyo, en el sentido de poder disponer de él libremente, pero sí lo sería cada vez que fuera a la biblioteca y lo sacase para disfrutarlo por todo el tiempo que le correspondiese. De esa manera, se sintió segura de que nunca se cansaría de releerlo.