La mayoría de las personas cree que el odio es el opuesto del amor. Sin embargo, no es así. El opuesto del amor es el desamor, la indiferencia, el desapego total, la ausencia de cualquier lazo afectivo. El odio es otra cosa. El odio es un sentimiento totalizador, es la negación de toda emoción noble que vincule a los seres humanos, es una emoción violenta que no deja lugar, ni siquiera, a la mínima manifestación de acercamiento: afecto, simpatía, cariño o compasión. El que odia está cercado, absorbido por el objeto odiado que lo posee totalmente, que lo anula como ser humano, que extrae desde las profundidades de su inconsciente lo más primitivo y dañino que puede existir: el sadismo. El que odia encuentra en el deseo de hacer daño al odiado un goce perverso, un goce que, paradójicamente, lo vincula de una manera tan absorbente que no le permite razonar ni ver la realidad.
El odio surge del miedo, no se odia lo que no se teme. Aunque resulte extraño, ese es su origen. La persona que odia no puede enfrentar ese temor porque se siente vulnerable y no quiere reconocerlo. Por supuesto, no toda persona que teme llega al odio, sólo lo hacen las más cobardes, las que siempre han buscado excusas y socorros acomodaticios para enfrentar la realidad. El odio es una forma ficticia de fortaleza: como no pueden enfrentar a su temor, lo transforman en la búsqueda de la desaparición del objeto odiado. El objeto-temor se transforma en objeto-odiado y esa trasposición les deja una sensación favorable porque creen que ya no temen. Sin embargo, el odiador no es consciente de que se ha transformado en una víctima de su objeto-temor porque, a pesar de que lo reprimieron a tal punto de desconocer que alguna vez lo han sentido, ese temor es aún más gigantesco en la medida que no logran hacer que desaparezca su objeto-odio.
Puede haber, en algunos casos, una nueva trasposición: el objeto-odio es socialmente inaceptable, les da vergüenza manifestarlo. Sucede, entonces, que lo desplazan hacia quienes favorecen a su objeto-temor porque, en su imaginario enfermizo, la mejora de las condiciones de vida de los pobres es una amenaza a sus condiciones de vida, ya que siempre necesitan diferenciarse para fortalecer su identidad de grupo, ese sector social llamado “clase media” que tiene aspiraciones de alcanzar el máximo nivel en la escala de la injusticia social. No son sus ingresos mensuales los que determinan a la “clase media” −de acuerdo a la versión más difundida por los sociólogos del marketing− sino esa falta de sensibilidad social que los impulsa a un egocentrismo fundamentalista con el único objetivo del ascenso social. Hay personas de altos ingresos que son peronistas y otras que lo apoyan sin serlo, pero no son antiperonistas porque no temen a los pobres ni, por supuesto, los odian. La llamada “clase media” está compuesta por el sector de la población que odia a los pobres pero manifiesta su odio al peronismo, independientemente de cuál haya sido su origen social. Lo caracteriza su cobardía e insensibilidad.
Por eso salen a la calle a apoyar a Macri y a gritar barbaridades contra Cristina y el peronismo. No es nuevo, ya lo hicieron sus padres y abuelos y lo seguirán haciendo sus descendientes.
No hay que prestarles demasiada atención, ni mucho menos odiarlos, en todo caso habría que compadecerlos porque están anulados como seres humanos. Por el contrario, hay que concentrar los esfuerzos en cuidar a ese otro sector de la población –alrededor del 10%− que expresa el voto migratorio y define el resultado de las elecciones. Puede o no ser peronista, pero no siempre vota a los frentes peronistas. De esa manera, se podrá asegurar el suficiente tiempo de permanencia en el gobierno como para alcanzar la Justicia Social.