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Escritos de narrativa, teatro y análisis

Trampa

Está bastante generalizada la idea de la necesidad de dar una “batalla cultural” para lograr que sectores de la población que siguieron votando a Macri, a pesar del desastre en el que hundió al país, comprendan que un proyecto de país inclusivo e igualitario es el único camino hacia la paz social y al mejoramiento de las condiciones de vida de todo el pueblo.

Sin embargo, existe una confusión con el término “cultural”. Una definición moderna y ampliamente aceptada de cultura es la siguiente: “conjunto de los rasgos distintivos, espirituales y materiales, intelectuales y afectivos, que caracterizan a una sociedad o a un grupo social”. Por lo tanto, si se piensa en una batalla cultural dentro de la sociedad, hay que tener presente que se trataría de una batalla entre rasgos distintivos que constituyen la identidad de diferentes sectores. Dado que estos rasgos distintivos se forman a lo largo de generaciones y que, lógicamente, establecen los lazos afectivos e intelectuales que dan cohesión a los sectores, resulta muy difícil aceptar que una batalla discursiva pueda alcanzar un resultado satisfactorio.

Por ejemplo, tomemos un rasgo distintivo clásico: la búsqueda del “ascenso social” a través del sacrificio y los méritos individuales. En primer lugar, este rasgo suele asociarse exclusivamente a la “clase media”, sin embargo, está muy generalizado y hay un importante porcentaje de los trabajadores que se identifican con él. Entonces, ¿tiene algún sentido luchar contra este rasgo oponiéndole la solidaridad y la búsqueda del bien común por encima de las aspiraciones individuales? Por supuesto que sería ideal que toda la sociedad compartiera ese rasgo pero, si alguna vez pudiera ser alcanzado, sería a través de un largo proceso generacional.

Por lo tanto, es más razonable hablar de una batalla de ideas. Debemos exponer y debatir con numerosos ejemplos la idea de que el Estado debe intervenir para regular las relaciones sociales contra la idea de que el Estado debe ser prescindente, enfatizando que es la única manera de que exista igualdad de posibilidades para todos y que el ascenso social sea realmente un resultado del sacrificio y el mérito propio. Nadie que no sea banquero o terrateniente puede prosperar sin que el Estado regule las tarifas y las tasas de interés, y controle la inflación y el tipo de cambio, entre otras medidas.