Veinte años de casado
Veinte años de casado y me dice que se va a separar, está loco, a esta edad qué va a hacer, si estuviera con otra mina sería distinto, pero no, está solo, se va a separar porque dice que ya no quiere a la mujer, ¿qué es lo que cree, que tendría que sentir lo mismo que hace veinte años?, si fuera por eso todos estaríamos separados, no quedaría nadie, y mucho antes de los veinte.
Tiene mucha bronca, no puede dejar de pensar en eso y no le molesta viajar apretado como siempre, bamboleándose al compás de las frenadas y las maniobras bruscas mientras lo empujan o le clavan, como ahora mismo, una punta de algo en la espalda, algo que no alcanza a discernir porque no puede prestar atención a otra cosa que no sean las palabras de Antonio diciéndole que se va a separar.
Se lo dijo a la salida del Banco, menos mal, porque si hubiera sido antes no habría podido concentrarse en esa resolución de mierda del Banco Central que pretende resolver la fuga de dólares con mayor control sobre la gilada que compra unos pocos para ahorrar, mientras las grandes compañías siguen enviando enormes sumas en negro al exterior. Y se lo dijo con la misma cara de siempre, sin que se le moviera un músculo, impávido, con esa cara de estar siempre de vuelta de todo, fuera de las sensaciones y los miedos, con la cara acorde a la personalidad del que uno jamás sospecharía que podría separarse de la mujer por sentir que ya no la quiere.
Uno nunca llega a conocer bien a nadie, piensa justo en el momento en que se da cuenta de que la parada está cerca y se desespera por llegar a la salida a tiempo para apretar el botón, pero la gorda no puede o no quiere moverse a pesar de su insistencia y no le queda más remedio que arremeter con furia y tirar a un tipo encima de una viejita que grita aterrada y todo para qué, para nada, porque llega tarde y tiene que esperar a la próxima parada aguantándose los reproches de la gorda y del tipo y los insultos de la viejita – parece mentira lo boca sucia que resultó – que, al menos, no se dirigían a él.
La vi una sola vez en el casamiento de Enríquez, me pareció una mujer agradable, simpática, no es una belleza pero un tipo como Antonio qué puede pretender. Además, la mina comentó que se cuidaba con la comida, iba al gimnasio tres veces por semana, me acuerdo que tenía puesto un vestido bastante ajustado que apenas le marcaba unos rollitos en la panza, un vestido que si se lo ponía mi mujer, qué digo, si llegaba a tratar de ponérselo habría reventado como le pasaba a la ropa del increíble Hulk.
No le iba a comentar nada a Carolina, ¿para qué?, las separaciones de otra gente siempre causan un poco de temor a las mujeres, lo mismo que cuando se habla de que alguien tiene cáncer, si le pasó a él por qué no me puede pasar a mí; las mujeres son así, ante cualquier sorpresa piensan lo peor. Aunque con él Carolina no tendría que tener ningún temor, él era un tipo maduro que había sabido capear todas las tormentas con la habilidad de un gran capitán, bueno, con algunas metidas de pata pero con más aciertos que errores, y estaba muy orgulloso de eso.
Como aquella vez en que la hija de puta de Amelia llamó a Carolina para decirle que se había encamado conmigo durante un año y yo, en vez de negarlo, con lo cual habría mantenido la tensión e impedido la reconciliación, logré convencerla de que sólo había sucedido una vez y que, ante mi negativa de seguir la relación, ella había actuado por despecho. Después hubo flores y un par de salidas románticas para hacerla olvidar de todo. Pero aprendí, sí, nunca más con una mina de la oficina, nunca más con una que supiera mi teléfono y menos mi dirección, y fue así que nunca más tuve problemas.
Y pensar que fue Antonio el que me cubrió varias veces cuando se quedaba trabajando horas extras y mi mujer llamaba y él decía que estaba reunido con el gerente, mientras yo andaba encamándome por ahí. Por eso pienso que estuve mal hoy, en vez de escucharlo y tratar de entenderlo lo traté de pelotudo, lo humillé, me comporté para la mierda, es que me hizo cabrear mucho, todavía no sé por qué.
Caminaba Ernesto pensativo las seis cuadras de más que le habían costado su distracción y la guachada del colectivero que tampoco se detuvo en la parada siguiente, seguramente como venganza por los clamores justicieros de los damnificados, si hasta le pareció oír aplausos al bajar.
Le tenía aprecio, no era alguien con quien podría compartir algo más que un café a las apuradas en alguna escapadita del laburo, no tenía otras cosas en común que los comentarios sobre el jefe o los compañeros, nunca nada de política o de fútbol y menos de minas, se avergonzaba cuando algún otro sacaba el tema y hablaba del culo de Mariana o de las tetas de Amelia, la hija de puta, ¡me agarro una bronca cada vez que me acuerdo!
Le tenía aprecio porque era un buen tipo, un buenudo, como se suele llamar a los tipos como él que de tan buenos los terminan usando todos. Todos menos yo, bueno, no se puede llamar uso al favor que me hacía para cubrirme de los encames, eso era algo consentido, le salió espontáneamente una vez y después lo hacía siempre. Tu mujer es muy buena, me decía, nunca me pregunta nada más cuando le digo que estás con el gerente.
¿Por qué el pasado?, le tengo aprecio, que haya hecho esa cagada no significa que no le siga teniendo aprecio. Podría haberme consultado, ¿no? No, nunca hablamos de nuestras cosas personales, es muy reservado y a mí no me salía contarle nada, sentía que habría sido como hablarle a una pared, que no habría tenido respuestas o que no habrían servido para nada. A lo mejor fui un poco despreciativo, se necesita coraje para tomar una determinación así, un pusilánime no deja a su mujer así de golpe, se ve que siempre ha tenido una vida interior desconocida por todos, una vida interior y, quizás, una vida exterior también, quién te dice que no hay otra mina, mirá vos si nos enteramos de que se fue con otra, sería la sorpresa del siglo para toda la oficina.
Faltaban dos cuadras para llegar a su casa y sentía que quería estar solo un rato más, Carolina estaría preparando la comida, los hijos viendo televisión a todo volumen, uno en el living y otro tirado con las zapatillas sucias sobre la cama matrimonial sin importarle el quilombo que sabía que después armaría su madre, todas las noches lo mismo, imposible que compartieran el mismo programa, se llevaban dos años y rivalizaban hasta en las cosas más insignificantes. No era el panorama más apropiado para que pudiera seguir pensando en lo que le había dicho y lo que haría y en cómo era verdaderamente este Antonio López, el del nombre antiguo y el apellido multitudinario, si hasta parecía un tipo del siglo diecinueve, con esos trajes oscuros con chaleco, zapatos abotinados negros y lustrosos y camisas con cuello almidonado, ¿cómo podía usar una camisa con cuello almidonado?, increíble.
En el bar de la esquina estaban los cuatro viejos de siempre jugando a las cartas, el gallego acodado sobre la barra con la misma cara de aburrimiento de siempre y nadie más. Un vermucito le caería bien, con unos quesitos y palitos nada más, no quería maníes ni aceitunas. Un aperitivo, sí, no era su costumbre, pero de vez en cuando es bueno darse un gusto, sentado junto a la ventana mientras tomaba un Cinzano, no, un Gancia mejor, con media medida de vodka, media nada más y nada de yapa, ¿eh?; ahí sentado podría seguir dándole vueltas al asunto. ¿Para qué?, no sabía para qué, no había un para qué ni un por qué, solamente las ganas de seguir pensando en eso, en otro matrimonio que se hacía mierda después de veinte años de casados, como el de su hermana, aunque ése no fue sorpresivo porque todo el mundo sabía que se llevaban para la mierda, hasta fue un alivio se podría decir, y fue lo que dijeron todos menos Carolina, ¡qué mal lo tomó!, eso sí que me sorprendió, nunca entendí del todo por qué lo tomó tan mal, se ve que la quería mucho a mi hermana, una cosa rara porque se trataban poco.
El primer trago del “ganvodka” – término acuñado por él desde la primera vez que se lo hizo probar la atorranta ésa que había conocido en el subte y que había querido que la garchara esa misma tarde en el baño mugriento del bar – lo hizo suspirar profundamente, como si le hubiesen inyectado un estimulante poderoso. Una combinación genial, el toque de vodka le cambia ligeramente el gusto, digamos que lo hace menos aromático, le baja la concentración de las hierbas y lo potencia, un solo trago y ya los problemas parecen menos importantes.
Tomó otro trago, un poco más largo esta vez, no había comido nada desde el mediodía y el alcohol le produjo una ligera presión en el cerebro, como un suave masaje adormecedor. Se apuró a comer unos palitos y papas fritas que el gallego le acababa de traer en lugar de los quesitos, gallego amarrete, por más que el queso esté caro unos quesitos no se le niegan a nadie.
Vio pasar un colectivo de la línea que acababa de tomar en la misma dirección y sintió un impulso raro que duró apenas unas décimas de segundo, como si se le estuviera escapando a él. Estaba claro que el gallego le había puesto una medida entera, de lo contrario no podría estar pegándole así, a lo mejor si comiera un sándwich, los de jamón crudo son buenísimos, ahí sí que no le escatima nada, pero eso le sacaría el hambre y se sentaría a la mesa sólo a escuchar los reproches de Carolina y las peleas de los chicos y sin el disfrute de la comida eso sería insoportable.
Se había olvidado de Antonio, la cabeza navegaba a la deriva, se entretenía mirando a la gente y los gritos de los viejos que disputaban cada tanto del truco con más fiereza que cuando eran jóvenes, lo hacían sentir acompañado, en lugar de fastidiarlo como le ocurría siempre que entraba a tomarse un cafecito de parado.
Miró el vaso que estaba por la mitad y tuvo que tomar coraje para tomar otro trago. Coraje, se dijo, coraje para cambiar, como hizo Antonio, quizás haya hecho lo mejor para él, el tiempo lo dirá y aunque se haya equivocado y le vaya mal y hasta se muera solo y abandonado por todos en una cama de hospital, igual así tuvo que tener coraje para tomar esa determinación. Si tuviera celular lo llamaría para felicitarlo por el coraje y pedirle perdón por haberlo tratado de boludo, es lo que debía hacer y lo haría mañana, lo primero que haría sería llamarlo aparte, para decírselo, uno se equivoca a veces, Antonio, a lo mejor vos también te equivocás, pero no lo sabemos, ¿no?, el problema es que cuando lo averiguamos ya es demasiado tarde para arreglarlo.
Miró la hora, a él se le estaba haciendo demasiado tarde, tendría que pedirle la cuenta y levantarse o levantarse primero y pedirle la cuenta en el mostrador, porque si esperaba que saliera del cuartito ése en el que se metía, ¿qué habrá ahí?, siempre había querido saber y nunca lo había podido averiguar porque cerraba la puerta y entre que era medio sordo y la puerta cerrada uno podría desgañitarse llamándolo que él sólo saldría cuando se le ocurriera.
No se levantó ni pidió la cuenta, a pesar de que el gallego ya había salido del cuartito y se acercaba a la mesa de los viejos con una bandeja con vasitos de grapa, o de lo que fuera, y se llevaba los vacíos. Estaba muy cómodo ahí, después de terminar con los palitos y las papas fritas sólo le quedaba una sensación agradable, la de pertenecer a ese lugar y a ese tiempo, donde la única urgencia que podría sentir sería la de hablar con Antonio.
Faltaba un trago para terminar el ganvodka, podría pedir otro, le gustaría tomar otro, ¿necesitaba coraje para tomar otro o para no tomarlo? ¿También se necesita coraje para no hacer algo? Por ejemplo, si uno se quisiera separar y tuviera el coraje de hacerlo pero le diera mucha lástima el dolor que le causaría a su mujer, habría que tener coraje para no separarse, ¿no es cierto?, porque uno podría superar el miedo a la soledad después de tantos años de casado y separarse sin pensar en el otro, pero si no lo hiciera implicaría que tendría el coraje de pensar más en el otro que en uno, y para eso hay que tener mucho coraje, sí, mucho coraje.
Ya eran las nueve y media, era raro que Carolina no lo hubiera llamado para ver si le faltaba mucho para llegar, porque ella era una devota de la cena familiar, no se podía empezar si faltaba algún miembro, una vieja tradición de su familia paterna, con ese viejo autoritario y cabrón que tenía y que Dios lo tenga en su gloria… aunque no sé si lo habrá aguantado.
Tenía que levantarse o llamarla y decirle que no iría a cenar, lo que no tenía que hacer es quedarse ahí sin hacer nada, mejor dicho sin hacer ninguna de las otras dos cosas porque haciendo nada estaba y lo estaba pasando muy bien y era por eso que no se levantaba ni agarraba el celular para llamarla y decirle que no iría a cenar.
Antonio le diría llamala, no te busqués problemas, Carolina es una mujer excepcional, como siempre le decía cada vez que tenía que cubrirlo por sus encames. Carolina es una mujer excepcional y a él le hinchaba las pelotas que le alabara la mujer porque lo sentía como un reproche: no seas tonto, cuidala que otra mina así no vas a conseguir, y por otro lado ¿qué sabía él cómo es mi mujer, acaso tiene que escuchar todos los días sus quejas sobre los chicos y la plata que no alcanza y la vecina de arriba o su prima que anda siempre comprándose ropa nueva y viste a los chicos con la ropa usada que le queda chica a los nuestros?, no, seguramente no diría que es una mujer excepcional si tuviera que aguantarla todos los días.
De cualquier manera, él no se quejaba de Carolina, la quería, también tenía sus virtudes, era una excelente ama de casa, una buena madre siempre pendiente de sus hijos y hasta hace un par de años había sido una buena amante, aún recordaba algunos polvos excelentes que los habían dejado sin aliento y amarraditos los dos sin ganas de separarse. Un par de años era un decir porque no podía precisar cuándo se había perdido eso y los polvos se habían transformado en algo peor que una rutina, una obligación a la que ninguno de los dos se atrevía a renunciar y que se había encaminado hacia el desgano y, finalmente, la muerte del coito matrimonial sin siquiera un humilde velatorio. En realidad, no se preocupó por él porque seguía teniendo sus descargas sanitarias, cada vez más esporádicas y con menos pretensiones para la elección de la mina, pero tampoco se preocupó por ella, después de todo si no tenía más ganas era su problema, las minas no son como nosotros, una vez que nacen los hijos van poniendo toda la libido ahí y llega un momento en que se les acaba y chau, si te gusta bien y si no también, a menos que consideres eso como causa de divorcio.
¿Habrá sido eso lo que le pasó a Antonio? No creo, para mí que tuvieron el hijo y no cogieron más, no tengo ninguna prueba, pero la cara de Antonio cada vez que hablábamos de minas no era de vergüenza, sino más bien del desinterés de un superado que considera a ese tema como algo menor, sólo aceptable para pendejos calentones.
Alguna vez se había preguntado qué pensaría Carolina sobre el tema, ¿habrá sospechado que mi desinterés se debía a la existencia de otras minas? Si fuera así se equivocaría porque mi desinterés es por ella, mejor dicho, por su falta de interés en el sexo, por su gordura, por su descuido por el aspecto físico en general. ¿Se habrá preguntado por su desinterés o lo habrá tomado como algo natural, el inexorable paso de los años? Ahora, ¿por qué nunca salió el tema o, al menos, nunca se me ocurrió a mí sacar el tema? ¿Qué pasaría si esta misma noche después de cenar nos encerramos en el dormitorio y le digo que tenemos que hablar de sexo? ¿Me va a faltar coraje?
Levantó el brazo para llamar al gallego, no resultó, estaba muy distraído mirando a los viejos o a la nada, que era más o menos lo mismo. Entonces, fue hasta la barra para pagar y tuvo que aceptar que le cobrara una medida de vodka en lugar de media, a pesar de no haberla pedido, porque la lógica galaica fue irrefutable: te la tomaste y se terminó.
Antes de abrir la puerta lo sorprendió el silencio, todas las luces apagadas le confirmaron la ausencia familiar y la nota sobre la mesa contestó la pregunta inmediata pero abrió una incógnita que cuando la pudo resolver le produjo una incredulidad que aún le dura hasta hoy: Carolina lo había dejado por Antonio.