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Escritos de narrativa, teatro y análisis

Ver para no creer

Carlos había conseguido que la biblioteca barrial aceptara exponer sus cuadros y se sentía nervioso, como si nunca antes lo hubiera hecho, claro que ésta era una situación muy diferente porque necesitaba dinero con urgencia. Le habían ofrecido una habitación chica, antiguamente usada para las reuniones del Rotary Club, pero había alcanzado para que pudiera colgar los que le parecían más vendibles: varias naturalezas muertas y dos marinas clásicas, una al amanecer y otra al ocaso, bien logradas y a buen precio.

Vivía solo en un PH alquilado, en el medio del largo pasillo donde los gritos de los pibes jugando a la pelota y los de las peleas domésticas de los vecinos se amplificaban en ecos estridentes que perturbaban su concentración. El PH tenía una pequeña habitación a la que se accedía por una escalera al aire libre. Allí pintaba Carlos, todas las mañanas, aprovechando la mejor luz, a la tarde las sombras del edificio vecino le habrían obligado a prender la lamparita solitaria que colgaba del techo. A pesar de que había hecho changas temporarias de cualquier tipo, nunca había dejado de pintar y dar clases particulares. Cuando se separó, abandonó las changas para dedicarse de lleno a la pintura con un alto costo de privaciones, aunque la tranquilidad que gozaba por la ausencia de peleas con su esposa lo compensaba.

            Necesitaba conseguir dinero en forma urgente, el geriátrico donde había tenido que internar al padre un año atrás le había pedido un aumento desproporcionado que, sumado a los gastos crecientes en remedios, habían terminado por desequilibrar sus escasos ingresos.

            Sin embargo, no había podido resistirse a la tentación de exponer también lo que consideraba su obra más importante: formas ondulantes y colores cálidos se fundían en una composición abstracta que, realmente, había gustado mucho a quienes la habían visto: la mujer que lo visitaba semanalmente y el revendedor de cuadros. Su intención no era venderla en esa exposición, más bien creía que le otorgaba un aura de distinción y calidad.

            Estaba Carlos paseándose nervioso por la sala, con su pipa apagada entre los dientes, su saco de pana gastada, un pañuelo vistoso anudado al cuello por sobre la camisa y una boina negra y grande que le colgaba en forma ridícula hacia un costado, cuando apareció el primer visitante. Vestía enteramente de negro, tenía una barba oscura y abundante, usaba unos anteojos ahumados de marco redondo y en su mano derecha llevaba un bastón blanco que plegó apenas entró. Al comenzar la observación, bajó sus anteojos para mirar por encima de ellos.

            Carlos se sorprendió, luego de un breve saludo que no fue correspondido, se apartó hacia el medio de la sala para que el visitante pudiera recorrerla sin obstáculos. En algún momento pensó que debía acercarse para hacerle un comentario, pero su aspecto y actitud lo inhibían, le producían una aprensión que no intentaba descifrar y lo ponían a la defensiva, especialmente cuando lo miraba por encima del hombro como si temiera que Carlos se acercara.

            Había iniciado su recorrido en el sentido lógico, con el cuadro más cercano a la entrada y se desplazaba lentamente, deteniéndose frente a cada uno con un interés poco común. A medida que avanzaba, Carlos se relajaba, era agradable sentir que alguien prestaba una atención esmerada a sus obras, quizás se tratara de un crítico, no tenía por qué ser prejuicioso con su aspecto, después de todo ese bastón blanco bien podría ser una ayuda circunstancial y cumplir otra función distinta a la previsible.

            Antes de llegar a la penúltima obra, el visitante vio de reojo el cuadro abstracto y giró bruscamente para enfrentarlo. Su cuerpo se estremeció y se inclinó hacia adelante, juntó sus manos en actitud de rezo y comenzó a caminar lentamente, como un poseído. Al llegar frente a él cayó de rodillas.

            Carlos tardó en reaccionar, en un primer momento dudó si estaba sufriendo algún ataque o realmente estaba pasando lo que veía: el visitante se había puesto a rezar en un murmullo incomprensible que parecía una letanía litúrgica.

            Se acercó y le pidió de buena manera que se levantara, pero el visitante, sin mirarlo, le preguntó si estaba prohibido mirar un cuadro de rodillas.  Carlos le argumentó que no se trataba de una prohibición sino de que causaría una mala impresión a cualquier otra persona que entrara. ¿Cómo haría para explicarle al nuevo visitante por qué había un hombre rezándole a un cuadro?, eso distraería la atención sobre los demás. La situación se agravó cuando el visitante le explicó por qué rezaba: en ese cuadro estaba la cara de su novia muerta, la adorada Alcira, y él necesitaba solamente un par de minutos más para que pudiera enviarle su mensaje de amor eterno.

            Carlos maldijo en el pensamiento a su mala suerte: justo le venía tocar este loco en el día de la inauguración. Era un hombre pacífico que detestaba la violencia en todas sus formas, jamás se le ocurriría agarrarlo de un brazo y sacarlo a las patadas. Lo único que podría hacer era esperar a que terminara su rezo y se levantara, rogando que en ese lapso no entrara otro visitante.

            La mujer entró muy decidida a la sala y saludó en forma desinhibida y sonriente. Estaba muy producida, maquillaje de fiesta, ropa fina y elegante, collares y anillos en abundancia remarcaban su aspecto de señora pudiente y exhibicionista. Carlos se interpuso entre ella y el visitante y comenzó a hablarle acerca de las características salientes de uno de los cuadros, pero no pudo evitar que lo viera. Inmediatamente, se interesó por saber qué le pasaba a ese hombre que parecía estar rezando. Carlos le habló de una cierta perspectiva mística de mirar un cuadro tratando de quitarle importancia a la situación pero, cuando se enteró a través del mismo visitante de que veía la cara de su novia muerta, se sintió maravillada y conmovida por lo que interpretó como una experiencia mística extraordinaria y se arrodilló a su lado para compartirla, cubriéndose la cabeza con una mantilla tejida que llevaba sobre los hombros.

            Carlos sintió que lo invadía una sensación de irrealidad aplastante, dos locos al mismo tiempo era demasiado, sólo un sicótico con alucinaciones podría ver una imagen en ese cuadro que él había pintado sin modelo, sólo guiado por su inspiración. ¿Acaso la mujer la veía? No, no la veía y sin embargo lo apoyaba, lo interrogaba para que le dijera dónde la veía con la esperanza de que pudiera verla ella también, o sea, no alucinaba porque le faltaba valor, pero seguro que estaba en el camino de hacerlo. En cualquier momento podría entrar otro visitante y la exposición se arruinaría sin remedio, porque se esparciría el rumor que había un cuadro con la cara oculta de una muerta y nadie querría ver otro cuadro que no fuera ése y en lugar de una exposición esto se transformaría en una romería de delirantes místicos.

            Descolgó el cuadro y lo colocó dado vuelta en el piso contra una pared. Ahora ya no tendrían más opción que irse, a menos que quisieran seguir rezándole a la pared. La ironía lo rescató de la rabia que amenazaba con hacerle perder la paciencia, a él, justamente a él que había resistido estoicamente los comentarios de su suegra durante tantos años.

            Sin embargo, el efecto fue contrario, la mujer se paró y lo increpó de mala manera: ese cuadro ya no le pertenecía, desde el momento en que un pintor lo expone le pertenece a los demás, no tenía ningún derecho a sacarlo y menos a faltarle el respeto a este hombre místico. La discusión se tornó algo surrealista, un intercambio de conceptos abstractos que se apartaban en forma divergente de la cuestión central, hasta que Carlos fue categórico: ese cuadro se quedaría allí, de cara a la pared, nada lo haría cambiar de opinión. La mujer intentó, entonces, agarrarlo, Carlos se lo impidió usando la pipa como una pistola.

            El visitante se había mantenido callado, con las manos en posición de rezo y una expresión suplicante hacia el pintor. En ese momento, intervino para apaciguar la situación al decir que él podría rezar parado, lo que convenció a Carlos para volverlo a colgar con cierta renuencia indisimulada; después se retiró a una esquina mordiendo furiosamente la pipa y lamentando no poder encenderla por la maldita campaña antitabaco.

            La mujer se paró junto al visitante. Lo había tomado de un brazo con ambas manos y esto le dificultaba a él mantener las suyas en posición de rezo. Después de un minuto en silencio en el que se veían claramente los ridículos esfuerzos gesticulantes de la mujer por ver la cara, comenzó a interrogarlo: dónde estaba, cómo era, dónde se habían conocido. La respuesta la sorprendió e hizo que se desprendiera de él y diera un paso hacia atrás, mientras Carlos comenzaba a reírse. La había conocido durante la misa de gallo que él estaba oficiando, en el momento de recibir la hostia se habían cruzado las miradas y había sentido una conmoción violenta que casi lo desmaya; locamente enamorado había abandonado los hábitos para irse a vivir con ella; después de dos años de felicidad la pobrecita había enfermado y muerto muy rápidamente. A pesar del comentario de Carlos que había parado de reírse para decirle a la mujer que tenía razón en llamarlo místico porque se trataba de uno con diploma y todo, el visitante siguió contando que ahora estaba saliendo con una mujer muy parecida a su novia muerta y eso lo hacía sentir culpable, como si la estuviera traicionando. Ella pareció estar conmovida y lo abrazó consolándolo: habría estado mal si lo hubiera hecho con ella en vida, pero ahora era natural que un hombre busque una compañera para amar y ser felices. Se abrazaron y quedaron en silencio con los ojos cerrados.

            Carlos se acercó y les pidió que se despertaran y se fueran. Ella hizo un comentario despectivo y tomó del brazo al visitante invitándolo a irse, pero éste quiso agradecerle previamente a Carlos que le hubiera permitido terminar el rezo.

            Mientras salían, Carlos les dijo que se fueran con Dios, pero cuando ya se habían ido agregó: y no vuelvan. Estaba alterado y comenzó a caminar de un lado a otro; pensaba que había tenido suerte en que no entrara otro visitante mientras había durado ese sainete. Aunque quizás alguien se había asomado sin que se diera cuenta y, lógicamente, se había marchado. El día había empezado mal, pero tenía esperanzas de que cambiara, necesitaba vender un par de cuadros, al menos.

            La misma mujer entró cuando él estaba de espaldas a la puerta. Al darse vuelta y verla se sobresaltó como si una pesadilla recurrente lo hubiera despertado de su ensoñación. Venía a comprarle el cuadro porque el visitante no tenía plata y ella no podía permitir que ese pobre hombre se quedara sin la cara de su novia muerta.

            Carlos sonrió maliciosamente, era evidente que entre ellos se había producido una atracción fuerte, ese comentario de que él necesitaba una mujer para amar, ¿pensaba acaso sacarle la novia? La mujer no evidenció que considerara ofensivo al comentario, sino que le dio explicaciones: no le importaba si esa imagen era real o no, sino que la había conmovido el amor de ese hombre por la novia muerta, un amor que traspasaba la frontera de la vida para prolongarse hacia el más allá.

            Carlos pensó que, efectivamente, esa mujer estaba medio loca, por algo se había acoplado a la alucinación. Se encontraba ante la posibilidad de vender un cuadro, uno que no pensaba hacerlo, precisamente ése que constituía su máximo orgullo. Sin embargo, lo que había sucedido de alguna manera lo había contaminado y ya no lo sentía enteramente suyo.

La contradicción entre venderlo y no, lo paralizaba. Encontró una salida a través de la curiosidad y le preguntó por qué creía que había una imagen si no la veía. Ella lo miró unos segundos, luego se detuvo más tiempo en el cuadro y le respondió sin parpadear, mirándolo fijamente a los ojos: se equivoca señor pintor, si la viera no lo creería, lo sabría.

Sí, claro, bien dicho, si la viera lo sabría pero, en todo caso, por qué tanto interés en verla, esa era la pregunta con la que tendría que haber continuado. Igualmente, si la hubiera hecho, ella no le habría contestado la verdad.

Había entrado a esa exposición cercana a su casa con la intención de comprar algunos cuadros, sin tener una idea de su valor. Pensaba que con los mil pesos que había ahorrado podría comprar varios para reemplazar a los que había sacado del living para regalárselos a la iglesia, como lo hacía frecuentemente con ropa, para renovar los guardarropas – decía – el de ella y el de su marido, al que nunca consultaba para hacerlo. Aunque ella no lo pensaba así, podría decirse que se trataba de venganzas: su marido le prestaba menos atención que a un mueble y la menospreciaba dándole una mensualidad para sus gastos, como si se tratara de una empleada. Precisamente, esos mil pesos correspondían a la del último mes porque había resistido la tentación de comprarse algo para ella o para la casa.

Cuando escuchó al místico decir que veía la cara de su novia muerta, sintió el impulso embriagador de compartir esa experiencia con su marido, por fin algo profundo y enternecedor que compartir, si ella no la veía era muy probable que entre los dos pudieran alcanzar el objetivo en el marco de una experiencia mística que los uniría como antes; aún recordaba nítidamente la mirada de amor de Andrés frente al cura en el día de su casamiento.

Carlos pensó que la venta de ese cuadro sería equivalente a la de dos de cualquiera de los otros. Sí, está bien, se lo vendería a un precio muy accesible para que no hubiera regateo y se fuera de una vez de ahí: son 2000 pesos, señora.

La mujer reaccionó como si la estuvieran asaltando. Cómo se atrevía a querer cobrarle ese precio si él no era un pintor conocido. Carlos cayó en la trampa y, en lugar de ponerse firme, empezó a justificar su trayectoria de prestigio, exagerando con el recibimiento de varios premios, cuando en realidad el único había sido el de la biblioteca barrial, propiciado por su anterior presidente que era un íntimo amigo. (Si hubiera estado vivo no le habría costado tanto trabajo conseguir esa sala.)

La mujer, como la gran mayoría, era una hábil regateadora, más que el promedio porque todos los meses andaba a la búsqueda de oportunidades y había adquirido una gran práctica. Le dijo que sólo pensaba gastar 500, él le ofreció una naturaleza muerta por 850, ella insistió con el cuadro abstracto ofreciendo 1000 y él, en un esfuerzo desesperado que se evidenciaba en la expresión y la posición contraída del cuerpo, se plantó en 1500.

Como si estuvieran en un ring, se retiraron a sus esquinas, se estudiaron en silencio, ella miró detenidamente al cuadro, luego a Carlos, al cuadro, a Carlos y, finalmente, lanzó la frase sentenciadora: bueno, entonces él no tendrá más remedio que venir todos los días a ver a su amada.

Todo el resto de la semana tendría al loco allí, rezándole a ese cuadro, impensable, inaguantable, insostenible. Está bien, señora, ¿tiene los mil pesos ahí?, le dijo con voz de ultratumba.

Mientras lo envolvía, Carlos pensaba en positivo, al menos ya había vendido uno y, después de todo, podría volver a pintar otro como ése, tenía el motivo bien fijado en la retina, no le costaría nada de trabajo.

Mientras Carlos lo envolvía, la mujer pensaba en el buen negocio que había hecho y lo contento que se pondría su marido porque apreciaría el resultado de su prédica sobre el arte del comercio. Además, estaba segura, entre los dos podrían ver la imagen y, entonces, ya no tendría necesidad de creer, sino que lo sabría.