Esta dualidad resulta incomprensible desde un punto de vista aristotélico donde algo no puede existir junto a su opuesto. Por eso, más allá de su aspecto económico-social que se desarrollará en este escrito, se trata de un buen ejemplo de la validez de una de las leyes de la dialéctica: “La unidad de los contrarios”.
La historia económica argentina ha dado numerosos ejemplos de su dependencia con el dólar. Tanto en la compra de insumos y maquinarias como del pago de royalties por tecnología, la industria necesita de dólares, que son generados, fundamentalmente, por la exportación de granos y carne. La inflación tiene varias causas, pero la principal no es el déficit fiscal, sino la escasez de dólares.
El sector de la población que tiene posibilidades de ahorrar ha aprendido que la mejor forma de cubrirse de la depreciación de la moneda por inflación es la compra de dólares pero, de esta manera, contribuye a disminuir la cantidad de dólares disponibles para la industria y, por lo tanto, a generar un aumento de la inflación.
Es decir, de ser víctimas de una situación económica, pasan a ser cómplices de ese deterioro, o sea, victimarios.
Con mucha razón, podría decirse que este sector de la población actúa en autodefensa y que, en lugar de colocarlo en la posición de victimarios, habría que resaltar a los verdaderos responsables de la escasez de dólares, que son los “grandes fugadores”: exportadores de granos y carnes que subfacturan sus exportaciones y grandes grupos económicos que sobrefacturan importaciones. Ambos son mecanismos tradicionales que han permitido que haya alrededor de 400.000 millones de dólares en paraísos fiscales, salidos ilegalmente del país (información proveniente de la Tax Justice Network).
Tanto el ahorro, como los otros dos mecanismos que disminuyen los dólares que necesita la industria, se potencian cuando sucede una gran sequía, disminuyen los precios de las “commodities” o aparecen fenómenos de negativa repercusión mundial, como ocurrió con la pandemia y la guerra en Ucrania.
Por lo tanto, es cierto que cualquier programa de recuperación económica debería abordar, principalmente, los mecanismos que impidieran esa fuga de dólares de los grandes grupos económicos. Si ello ocurriera, la provisión de dólares estaría asegurada ante cualquier eventualidad, ya sea interna como externa, y la inflación quedaría controlada. Con el tiempo, ese sector de la población vería garantizados sus ahorros y recurriría a ellos solo para viajes al exterior, cuya influencia en la balanza comercial sería insignificante.
Entonces, ¿por qué mencionar esta dualidad “víctimas-victimarios” si se reconoce que su aporte no es el decisivo en la escasez de dólares? Porque lo que está subyacente es otra dualidad más decisiva que es libertad individual-libertad colectiva.
Cada persona que compra dólares o artículos importados al exterior porque son más baratos que los nacionales está ejerciendo su libertad individual y tiene el derecho a hacerlo amparados por la legislación vigente. Las consecuencias colectivas de sus actos no están dentro de sus perspectivas. Los más conscientes saben que cada dólar atesorado o gastado en el exterior, en una situación de gran endeudamiento y crisis económica como la actual, generará más inflación que afectará a toda la población, inclusive a ellos. Sin embargo, consideran que la solución a ese problema no les compete y que sólo deben buscar su beneficio personal. La gran mayoría de la población no puede ahorrar en dólares ni comprar artículos en el exterior, pero sufrirá los efectos de la inflación causada por todos los mecanismos de fuga de dólares.
¿Qué pasaría si cada individuo de ese sector de la población dejara de ahorrar en dólares y comprar en el exterior, no viajara al exterior, cargara combustible solo en YPF y, en general, adoptara pensamientos y actitudes en defensa de la soberanía y de medidas económicas que fueran beneficiosas para toda la población?
La respuesta de cualquier lector es la lógica: ese cambio es imposible, así que no tiene sentido pensar en una respuesta.
Cierto, pero la necesidad de plantear esa pregunta radica en el hecho de que está subyacente dentro de la dualidad libertad individual-libertad colectiva una contradicción crucial: cambio individual versus cambio colectivo.
Quienes proponen la concepción que no puede haber un cambio colectivo sin un cambio individual, se dedican a organizarse en pequeños grupos que pretenden mostrarse al resto de la sociedad como un ejemplo a seguir. Por el contrario, hay quienes sostienen que ese cambio individual siempre quedará reducido a un pequeño número porque, para que sea colectivo, quienes ya han cambiado deberían juntarse para luchar contra las condiciones económico-sociales generales que exacerban un individualismo feroz ya que, de esa manera, ese número iría creciendo durante la lucha.
En resumen, no tiene sentido pedirle a ese sector que deje de comprar dólares porque eso generaría irritación y ningún resultado efectivo. Sin embargo, es necesario señalar su responsabilidad, aunque sea pequeña, en el deterioro general. Es una responsabilidad equivalente a quienes votan a un presidente como Milei a pesar de que ha dado, desde su campaña, claras señales que gobierna para esa poderosa élite económica que continúa saqueando al pueblo y a las riquezas del país.